Cajón Desastre: Ciudad, por Clifford Simak

En una época le dijeron a Clifford D. Simak (1904-1988) que escribía bucólicamente. Bucólico fue una palabra que aprendí leyendo Ciudad (1952) y a Simak. El significado de la palabra no lo sabía a ciencia cierta y mi único referente eran los ocho cuentos del libro. Por eso, en días en que el verano permitía salir y caminar y jugar fútbol, yo leía a Simak, en un rincón secreto de mi casa, en un sofá en desuso, cercano a perros y gatos que se acostaban a mis pies o a mi lado, y dormitaban las largas horas que yo tenía el libro entre mis manos. Nada en mí es rápido, menos leer, que es un privilegio. Y esas horas son en mi memoria lo bucólico de la infancia. Simak, Ciudad, perros, gatos, sofás, verano.

El libro es un fix-up, una colección de cuentos que guardan una temática en común, una idea sencilla y profundamente humana desde el fondo de la edad dorada de la ciencia ficción (1950’s), que se desliza por la mente sin aspavientos. Es un futuro en donde la civilización ha colapsado y la humanidad se refugia en una vida más sencilla en el campo, pero que inevitablemente lleva a una supuesta extinción. Sus herederos, los perros, repiten historias sobre estos “seres humanos” hasta que se olvidan de quienes fueron y empiezan a debatir si realmente existieron. Me suena lógico, no creo que hubiera funcionado con gatos. Los gatos simplemente hubieran seguido adelante. “Ya déjalo, el tipo se fue y no volverá, supéralo”. Pero los perros son diferentes, compañeros en cualquier circunstancia, en caminatas largas bajo el sol y la lluvia. Tuvimos muchos perros que se me escapan sus nombres, todos libres de irse y que siempre volvían a casa, y varias veces ya no llegaron más. Perros que seguían a mi padre, perros que seguían a mi madre. Solo hubo uno que fue mi perro y junto a él leí Ciudad, una maravillosa sincronía de mi vida.

El libro se hace preguntas provocadoras sobre la naturaleza humana y tiene una ingeniosa manera de contarla. Las razas protagonistas, los humanos, los perros, los mutantes y los robots, incluso las hormigas que aparecen al final, tienen diferentes formas de ser y que son comentadas por los otros, pero quieres se llevan todo el foco son los perros. Perros académicos que intercalan comentarios como prólogo a cada relato, sopesando la importancia de este y su sentido metafórico. Para estos perros, la historia se valida solo si se entiende el sentido oculto. Un auto no es un auto, sino la metáfora del impulso hacia adelante porque, como todos sabemos, no existen los autos. Y un ser humano es solo una criatura mitológica para asustar a los cachorros.

Párrafo aparte merece Jenkins, el robot que sirve primero a los humanos y luego a los robots. Si hay alguien más fiel que los perros, ese es Jenkins. Abandonado dos veces, viviendo milenios en la misma mansión, sin dejar nunca sus tareas, tiene algo del señor Stevens, el mayordomo que guarda Darlington Hall, en Lo que queda del día (Kazuo Ishiguro, 1989). Si el libro tuviera una dedicatoria sería para Jenkins.

Ciudad es un libro de lectura obligatoria y lo digo con una vara castigadora en mano. Si no me cree, entonces créale al premio que obtuvo, el International Fantasy Award. Si aún así no me cree, créale a Michel Houellebecq que, en una entrevista en la revista Paris Review, dijo que era una obra maestra. Existe un noveno cuento, escrito veintitantos años después, que viene a cerrar más la inquietud del escritor que ser un verdadero final para el libro. Simak quiso recompensar a Jenkins por dejarlo olvidado en la Tierra. Vuelve a él para decirle lo mucho que ha pensado en él todo ese tiempo y crea una historia con una última reflexión sobre la humanidad. No se inquiete, no es necesario leer esta última historia, pero si pretende conocer la historia de la ciencia ficción, entonces debe tropezarse con Simak y su caterva de perros parlantes que cuentan historias mitológicas sobre los seres humanos, puras mentiras para meter en la cama a cachorros inquietos. No lo deje pasar, vaya a ese rincón suyo, traiga a sus mascotas durmientes. Léales Ciudad.

Luis Saavedra, 2017, 2019.


Luis Saavedra V. nació en 1971 en Puente Alto, Santiago de Chile, y es Analista de Sistemas. Siempre se interesó en lo fantástico por su estética de colores chillones y luminosos y sus monstruos enfurecidos y de ojos saltones; consideraba que era algo único de verse. En 1988, ingresó al mundillo de la ciencia-ficción en su país y se incorporó como un activo miembro de la Sociedad Chilena de Ciencia-Ficción y Fantasía, de la que fue secretario al poco andar. Luego participaría en la edición de los Boletines de la Sociedad, formaría parte del grupo Ficcionautas, que realizaron cinco convenciones de fines del siglo pasado, y editaría los fanzines Wonderlands, Nadir y Fobos. Hoy participa del colectivo de literatura fantástica Poliedro.

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