Vida Fanzinerosa: La mirada hacia el abismo

Afuera en la plaza existe solo el movimiento del agua en la pileta. Los semáforos parpadean en rojo y verde, pero nadie cruza. Escucho el viento entre el follaje de los árboles. Un mundo perfecto que se inclina hacia la piedad y permite que me quede escuchando la noche. Pasadas las diez suena la sirena de una estación de bomberos a cuatro calles más lejos. El sonido que recordamos de bombarderos cruzando capas de nubes, explosiones nucleares, y despegues de transbordadores espaciales. El momento justo antes del caos. Aunque para mí suena a melancolía y desarraigo, a la escena de una vieja película en donde el monstruo prehistórico es atraído al faro y copula con la soledad de diez mil años, hipnotizado por una llamada a la fase más primitiva del cerebro. El monstruo y yo estamos mesmerizados por el tejido de la realidad, vemos lo que queremos ver.

De alguna manera ocurrió una disrupción de la realidad en este planeta. No una pequeña, sino una que venía incubándose un siglo. Una que se tragó todo un mundo y lo dejó en menos en unas pocas décadas en una situación de colapso cíclico, en donde cada ciclo parece más corto e intenso cada vez.

A través de los minutos del toque de queda, la experiencia se va distorsionando, agriando con un sabor extraño y metálico. La fuente se detiene y el ruido del agua se aleja. En alguna parte del edificio, una pianola toca una canción circense, completamente equivocada. Va y viene en el éter. Sigo mirando un rato más y alguien grita con voz de mando “¡Alto ahí! ¡Al suelo!”, y luego pies que huyen. Pero no puedo ver nada, es como si la plaza estuviera poblada de fantasmas que se alborotan y retuercen detrás del velo de la luz; apenas veo un solitario perro que atraviesa la calle y dobla por una esquina sin preocuparse de la cuarentena. Justo entonces, como oleadas, llegan decenas de voces que suben y bajan en el tapete de la noche, con rabia y con espanto; dos disparos parecen tensionar el telón de fondo y luego baja de intensidad del vocerío hasta desaparecer. Pero sigo sin ver nada, solo el languidecer de los semáforos. Finalmente hasta las voces se aplacan y dejan paso al tenue sonido de las ambulancias cruzando avenidas que no son esta.

Escribir ficción, específicamente ciencia ficción, en un momento tan intenso como este, parece un gesto inútil. Ninguna ficción superará la sensación surreal que vivimos justo ahora. Ninguna ficción podrá dejarme ese regusto a espanto que me dio ver en televisión los camiones militares cargando los féretros, cruzando la fantasmal ciudad de Bérgamo, observados por una población apuñalada por la tristeza. Tampoco ninguna ficción me podrá convencer que tiene algo que ofrecerme después del hipertiempo chino y la construcción voluntariosa de un hospital en 10 días. Paradojalmente, «La máscara de la muerte roja» (1842), de Edgar Allan Poe, reververa en nuestro tiempo. Una ficción que precisamente presagia la danza humana ante la emperatriz del mundo, La Fortuna, y que nació de la memoria de la Peste Negra. En tiempos modernos, se nos olvida que somos ondas en el mar de la existencia. Nos convencimos que podíamos ser dueños del destino y vienen instancias como esta pandemia, que nos devuelven a Carmina Burana (Carl Orff, 1936). «Destino monstruoso / y vacío, / una rueda girando es lo que eres, / si estás mal colocada / la salud es vana». El ser humano está a merced de La Fortuna y ninguna tecnología puede todavía modificar la dirección hacia donde cae su cetro; seguimos siendo el campesino medieval impávido, existiendo de sol en sol. Entonces, ¿en donde queda la ficción en este momento? ¿Cuál es su función? ¿Es un privilegio de clase como muchos otros?

En La carretera (2006), de Cormac McCarthy, el tejido de una sociedad con la misma sofisticación que la nuestra es precisamente su punto débil. Nos hemos vuelto una civilización global con un nivel de interconexión e interdependencia tal que, igual que en esa caricatura sobre la teoría del Caos, el aleteo de una mariposa genera el colapso de las bolsas al otro lado del planeta. Quizás estamos justo en ese punto en que el Transhumanismo dice nos proyectaremos hacia el infinito o nos extinguiremos. Aunque ese punto habla más sobre la cantidad de información que podemos manejar. Sin embargo, una sociedad global que está recién preguntándose cómo funcionar, qué conjunto de dogmas morales y éticos adquirir, puede ser fácilmente presa de eventos que otrora eran geográficamente locales y económicamente acotados. Y extinguirse dejando paso a una disgregación humana aún peor que la caída de Bizancio. Un colapso al que ni siquiera nos podríamos acercar usando una Space Opera.

Nuestra civilización está sin cuajar, expuesta, convulsionándose en una lucha para encontrar su rostro. Es una sociedad líquida según Zygmunt Bauman. Y según la ciencia ficción también. En «Lenta noche de martes» (1965), de R.A. Lafferty, asistimos al fresco de un mundo futuro en perpetuo cambio. Durante una sola noche, el futuro se recombina a sí mismo y se erigen imperios económicos que, a la primera luz de la mañana, caen como gigantes. Las ondas de choque se expanden sin aparentemente tocar a nadie; todos están acostumbrados a esta supernormalidad en que las condiciones se miden en minutos y la intensidad de un evento es superpuesta a la del siguiente. Lafferty, un escritor injustamente olvidado, es un buen observador que dio en el clavo y presagió sin quererlo el Aceleracionismo, teoría social que pretende que el Capitalismo debe ser acelerado a su última instancia, a base de continuos impactos culturales y presiones sociales, para generar cambios radicales y mitigar sus tendencias autodestructivas. En su forma progresista pretende liberar e intensificar el proceso de evolución tecnológica para generar nuevos paradigmas económicos y culturales, distintos del Capitalismo. En su forma conservadora, el Capitalismo sobrevive a la Singularidad Tecnológica precisamente por ser matriz de la misma. No importa, parece que una sociedad global que se acelera en forma constante y homogénea, tarde o temprano, tendrá su Singularidad, sea de la naturaleza que sea. En El fin de la infancia (1953), de Arthur C. Clarke, ese momento se manifiesta en un cambio evolutivo violento de una generación completa. En tanto que en Neon Genesis Evangelion (Gainax, 1995), la Singularidad se llama Tercer Impacto y acabará con la Humanidad tal cual la conocemos, acercándose desde un punto de vista ontológico. La mariposa que aletea hoy es el COVID-19, pero antes eran una serie de manifestaciones sociales en Chile y en Francia, y en unos pocos meses más tendrá otra naturaleza.

Entonces, volvemos a la pregunta: ¿cuál es la función de la ciencia ficción en un escenario que parece una bisagra hacia el futuro o la muerte? El Futuro no es predecible, no existe método seguro y científico que pueda pronosticarlo, por lo tanto la Raza Humana vive en la oscuridad. El problema no sería molesto si contempláramos el Futuro con ecuanimidad, como una ola que nos mojara los pies, pero insistimos en intentar adelantarnos y esto nos deja en una dimensión llena de angustia. La ficción científica puede servir de herramienta para establecer un diálogo sobre el Futuro, para explorar la posibilidad humana en todas las líneas divergentes, y que ayudaría a bajar esa angustia existencial haciendo preguntas con respuestas prospectivas. No importa si la acción prospectiva es correcta o cae en el abismo del error, el simple hecho de echar un vistazo hacia el abismo y elucubrar sobre él, nos genera una respuesta desde el mismo abismo. La ciencia ficción es un ejercicio de exploración del árbol de la civilización, desde la brillante copa hasta las oscuras raíces. También la ciencia ficción forma parte del anhelo de un fragmento del espíritu humano, que se cristaliza también en otras diferentes herramientas, que ayuda a construir caminos desde la nada. De este modo, como un haz de luz que se arroja hacia zonas inexploradas, nuestra psiquis se retroalimenta de la información que producen todas estas herramientas y encuentra respuestas que hace un momento no existían. Alan Moore, en su cumpleaños número 40, declaró que ya no iba a ser un escritor sino que, desde ese momento, sería un mago. No lo comprendí hasta ver su documental «The mindscape of Alan Moore» (Dez Vylenz, 2005), en donde explica el origen de la magia como la entendía Occidente, asociada a la palabra, su vocalización y la transmutación alquímica del alma humana. No por nada en el principio estuvo La Palabra. Y si bien pareciera una contradicción, escribir ciencia ficción hoy en día es un acto mágico, que sirve para vocalizar la complejidad del tiempo-espacio, que parece inabarcable, intentar penetrar el velo del territorio que yace más allá, intentar ofrecer una certidumbre -aunque sea ilusoria, aunque sea una distopía– desde la experiencia estética con base racional. Cómo serían los mapas del Futuro.

El pavimento se tiñe de los colores de los semáforos y parece que nada va a cambiar, el mundo suspendido entre dos respiraciones. Sin embargo, la disrupción de la realidad avanza de crisis en crisis. Como se dijo en una columna anterior, hoy más que nunca sirve escribir ciencia ficción para ayudar infinitesimalmente a navegar el ahora y el mañana.

Luis Saavedra, 2020.

Luis Saavedra V. nació en 1971 en Puente Alto, Santiago de Chile, y es Ingeniero de Sistemas. Siempre se interesó en lo fantástico por su estética de colores chillones y luminosos y sus monstruos enfurecidos y de ojos saltones; consideraba que era algo único de verse. En 1988, ingresó al mundillo de la ciencia-ficción en su país y se incorporó como un activo miembro de la Sociedad Chilena de Ciencia-Ficción y Fantasía, de la que fue secretario al poco andar. Luego participaría en la edición de los Boletines de la Sociedad, formaría parte del grupo Ficcionautas, que realizaron cinco convenciones de fines del siglo pasado, y editaría los fanzines WonderlandsNadir Fobos. Hoy participa del colectivo de literatura fantástica Poliedro.

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