Cajón Desastre: “La cienciaficción, una apocalíptica secularizada”, de Ángel Berenger y Jaime Moreno

Sumergirse en el estudio de la literatura de ciencia ficción, requiere analizar muchos puntos de vistas, puesto que ésta ha tenido muchas facetas y efectos en la sociedad, como manifestación artística de una situación cultural en varios momentos de nuestra historia.

Esta reseña es sobre un artículo escrito por Ángel Berenger y Jaime Moreno, ambos profesores de la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Católica de Chile.

Es un artículo interesante, pues muestra una perspectiva religiosa ante la ciencia ficción clásica, aquella escrita entre los años 1950s y 1960s, porque se usa un análisis incisivo, pero que puede significar un aporte, pues, una opinión con base en buenos argumentos, siempre es constructiva. Y el que sea algo favorable o no resulta ser un juicio propio del lector. Por mi parte, este artículo no representa mi pensamiento, pero sí deseo rescatarlo porque ofrece una percepción de la ciencia ficción desde el punto de vista de quienes en los años 1970s representaban al clericalismo, una época que abrió paso a nuevas formas de mirar la religión y lo sagrado, especialmente en la Iglesia Católica.

De esta manera, aconsejo al lector mantenerse alerta, viajar históricamente hacia los 1970s, rememorar la Guerra Fría, las revoluciones de izquierda, las dictaduras de derecha, la Teología de la Liberación, las posturas hippies; y apreciar este comentario religioso, que es intrínseco a los autores, pero que presenta una propuesta sobre la ciencia ficción de aquella época.

En primer lugar, los autores indican que ciencia ficción no debe llevar guión, pues ambos conceptos no se contradicen entre sí y se entienden como una composición armónica y por ello se escribe, según la Real Academia de la Lengua Española, como un todo único. Por ello, ocupan el término cienciaficción.

Para Berenger y Moreno, el autor de ciencia ficción es una reimaginación de lo que es el autor de relatos apocalípticos. El autor de ciencia ficción es un profeta laico del mañana. Profeta, porque involucra una creación de la imagen del futuro; laico, porque no es un profeta de lo religioso, un activo agente de lo sacro. De hecho, los autores del artículo indican que hay mucho anticlericalismo dentro de las obras de ciencia ficción, pues el escritor tiende a crear un futuro de angustia, un futuro terrible, un futuro de desastre, desorden y de lo bélico. Por ello, una función del artículo es acercar la literatura de este género hacia el catolicismo.

Urge crear para él una ciencia ficción de inspiración católica repitiendo el esfuerzo de Gabriel Marcel frente al existencialismo: inyectar esperanza cristiana en las angustias previstas para el futuro. Nos evitaríamos el desagradable despertar a un mundo por venir que paladease el triunfo suicida de haberse levantado a pulso, sin el recurso amoroso de Dios. (p. 197)

Aunque este punto de vista implica un riesgo, el cual dice que “un teólogo aficionado a la ciencia ficción se expone a desaparecer en el gran mercado de las distracciones baratas para adolescentes” (ibidem). Pues bien, no hay que sentirse mal. La ciencia ficción de la que hablan Berenguer y Moreno es la que se denomina generalmente como Pulp, una ciencia ficción popular, juvenil, de argumentaciones repetidas, personajes caricaturescos, estereotipados y de personalidades, por decirlo eufemísticamente, básicas.

Los autores del artículo indican que la mecánica de la escritura de la CF es sorprendentemente similar a la escritura de la Apocalíptica y, para ello, nombran las características de dicha literatura ejemplificando cada tipo con un momento de alguna obra de ciencia ficción. Para hacer la comparación, los libros citados son: revista Minotauro 3 (1964); antología Espacio y Tiempo (1962); el relato “Los patos de las estrellas“, de Bill Brown (en Minotauro 7, 1965); el relato “La cicatriz del mañana“, de Eduardo Goligorsky (en Adiós al mañana, 1967); Monstruos del Espacio, de Van Vogt (1955); el relato “El hombre iluminado”, de Ballard (en Minotauro 5, 1965); el relato “Solamente una madre“, de Judith Merril (en Fuera de los confines humanos, 1967); el relato “El túnel adelante”, de Alice Glaser (en Minotauro 8, 1956); El fin de la infancia, de Arthur C. Clarke (1956); Los hijos de Matusalem, de Robert Heinlein (1965); Condicionalmente humano, de Walter M. Miller (1963); la antología Cuatro visiones extraterrestres, de Clifford Simak (1966); entre otros.

Analizando el título del artículo –La cienciaficción, una apocalíptica secularizada– creo que apunta muy bien a su contenido. Fundamentando esta tesis, los autores mencionan que existen cuatro características analógicas entre la CF y la Apocalíptica: analogías del lenguaje, analogías de símbolos, analogías estructurales y analogías de motivos.

La primera analogía compara al profeta Ezequiel con algunos autores de CF indicando que la intrincada manera de presentar las descripciones de partes de una nave o un organismo extraterrestre evidencian la incapacidad de inteligir lo desconocido; por ello, el recurso de una confusa descripción es un recurso necesario para los apocalípticos como los autores de ciencia ficción. En este caso, Berenguer y Moreno citan a Bill Brown en “Los patos de las estrellas“:

Pero los patos de las estrellas no valían gran cosa. Eran parecidos a hipopótamos pequeños y también a golondrinas. Aunque tenían seis patas. Solo dos vivieron y nos los comimos un domingo.

Luego comparan este texto con una cita a Ezequiel 29 y 31. Además, se paraleliza el uso de adjetivos magnánimos en ambos géneros, como “eternas distancias“, “oscuridad sin fondo“, “miríadas“. Todos estos adjetivos pertenecen a citas de diferentes libros de ciencia ficción que ocupan los autores y que son comparables con los bíblicos Ezequiel y Daniel, resultando en descripciones que parecen balbuceos.

La analogía de los símbolos hace alusión a la utilización de objetos, conceptos o cosas con semánticas de múltiple denotación. En esta parte, los autores indican que utilizaron relatos más maduros, desprovistos de terminología grandilocuente. Citan entonces la idea del Monstruo, que tanto en la CF como en los relatos del Apocalipsis resultan ser un conjunto de elementos de naturaleza terrenal, incorporado a una figura de origen extraterrestre o no terrenal.

Berenguer y Moreno utilizan la comparativa para demostrar que la estructura de los relatos de ambos géneros incluye el uso de un presente que se aproxima a un futuro apocalíptico, en ruinas o utópico. En ambos géneros se presentan las mismas inclinaciones argumentales.

Finalmente, la última analogía es la de los motivos, en la cual los autores del artículo ejemplifican la manera en que los autores de ciencia ficción son reimaginaciones de los apocalípticos, a quienes se clasifica en dos posturas, de terror y de esperanza. Los unos, representantes del antiguo miedo a la ira venidera de Yahveh; los otros, cargados de ilusión del reino mesiánico. (p. 204)

De todas maneras, ambos géneros, según los autores, tienen por origen una literatura de tiempos de crisis. Y la CF de los años 1950s y 1960s claramente son crisis en tiempos de la Guerra Fría o polarización política, presentando una “reviviscencia de la tensión entre la angustia del presente y la esperanza de un porvenir mejor”.

A lo largo del artículo se percibe -en mi opinión- una clara tendencia a presentar ideas religiosas como una solución frente a la voz de la CF de aquellas décadas, que tiende a la visión postapocalíptica. Incluso, con el pasar de las décadas, la tendencia hacia las tramas postnucleares solo fue interrumpida por la aparición de Cyberpunk, pero, en los autores de los años 1980s y 1990s que no estaban inmersos en los avances digitales, el motivo común era una especie de intervencionismo extraterrestre protagonizado por entidades superiores, con una moral elevada, que se decantaba en una seudoreligiosidad.

Pero volviendo a los años 1950s y 1960s, los autores presentan otro panorama:

Al hombre de la ciencia ficción Dios se le ha muerto en futuro. No cuenta con él, no lo considera necesario para la construcción de la nueva Jerusalem que en vez de bajar del cielo surgirá potente de la tierra.

Afloran aquí y allá los temas de una sincera preocupación religiosa, pero de ordinario se proscribe toda vocación de trascendencia. No se la ignora, se la condena al mutismo por inútil. (pág. 206)

Y continúan:

En este remoto futuro termina la concienzuda demolición de todo el edificio de la Fe. Ni Dios, ni Cristo, ni su Iglesia tienen cabida en un mundo construido con fidelidad lógica a partir de las coordenadas de nuestro presente secularizado. En una peregrinación incansable nos hemos colocado en los antípodas de la esperanza apocalíptica.

Pero no todo es sufrimiento y desesperación. También existe la postura más optimista en la que el ser humano es constructor de futuro, creador de vida e incluso dueño de la ciencia. Por ello, para Berenguer y Moreno, el autor de ciencia ficción termina por crear obras en las que la Humanidad toma la función de un dios y terraforma mundos, manipula la genética y la vida, controla los pensamientos y las emociones de formas científicas. Así, el Ser Humano termina mejorando, con el poder de la vida y la muerte, sus gobiernos y sus vidas.

Entonces, en este momento de dominación humana en las tramas, los autores plantean el acercamiento de la teología a las obras de ciencia ficción:

Ayudar a perfilar el ideal de hombre nuevo, el dominador del futuro. Los autores de ciencia ficción ponen sus ilusiones en la figura del sabio, como otras edades, soñaron en el caballero, el humanista, el conquistador, el obrero. Sin duda la ciencia de la Revelación tiene mucho que decir sobre el particular.

También queda por iluminar nuestra idea cristiana del futuro último del hombre. Racionales o absurdas, las fantasías de la ciencia ficción traicionan los últimos anhelos del ser humano a los cuales, según nuestra fe, responde el mensaje cristiano. Si purificamos de su lastre pecaminoso la pluma de los artistas, oiremos qué reclaman de la revelación en nombre de la humanidad. Y les responderemos revisando nuestras elucubraciones acerca del último futuro para visualizarlas y para construir una apología teológica casa en el destino final de lo humano, más que en el brumosos pasado de la creación primera.

Sin polémicas, sin estridencias, con un sincero afecto pastoral, queremos ofrecer el Evangelio a los hombres de la ciencia ficción ayudándola a salir del universo cerrado en torno a sí mismo que es una cárcel sin porvenir, entregándoles la llave de la esperanza para abrirlo al absoluto.

Termino esta revisión dejando el enlace al artículo y reiterar la necesidad de una lectura contextualizada para poder tener una discusión saludable sobre el tópico.

José Hernández Ibarra, 2019.

José Hernández Ibarra (1985) es profesor de historia y geografía, asesor histórico, investigador de la literatura fantástica chilena y articulista para LDP Magazine y ALCiFF. Fundó y administró el sitio Fantástica Chile y Fantástica sin Fronteras. Actualmente trabaja en la edición de su investigación sobre el género fantástico en Chile.

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