El caso del Clarke plagiado, por Luis Saavedra

Quizás era la segunda Feria del Libro de Santiago que se organizaba, originalmente en el Parque Forestal. No me acuerdo del año. Sí los árboles florecidos que le hacían sombra. Para entonces tenía que viajar más de una hora con mi viejo hacia Santiago y siempre la ocasión era excitante. El Parque Forestal tenía un aura romántica y de escenario popular que en mi imaginación de quinceañero era inseparable de esos libros nuevos al aire libre. Mi padre se quedó conversando con un argentino muy locuaz en una de las bancas, mientras yo me hundía, esmirriado y tímido, en el placer que es solitario de ver las portadas y fantasear con las frases de contraportada.

Mi madrina rococó me regaló el virus de la literatura de ciencia ficción. Venía con un Asimov de colección para niños a los doce años. El lomo era rojo y el sello era Bruguera, traía una ilustración pulpesca que prometía aventuras en las órbitas de Marte y Júpiter. Libro Amigo. Por supuesto, se convirtió en un apasionante nuevo amigo que me empujó tobogán abajo. Cuando llegué al otro extremo solo quería saltar de felicidad y contárselo a todos. Desde entonces empecé a buscar en todas partes de mi pueblo las naves-cohete y los astronautas azotados por el peligro. Pero no había mucho y el hambre me tenía agarrado del cogote. Las “librerías” solo vendían revistas de macramé, repostería y chistes políticos. Depredé todo lo que pude en ese lugar geográfico, desde atragantarme con las traducciones de la colección española Galaxia hasta entrar en intercambios con el bibliotecario de mi escuela para que soltase el especial de Robert Heinlein, de la revista Nueva Dimensión (no recuerdo qué libros di a cambio). Rescataba revistas y libros en estado lamentable del fondo de pilas donde las arañas hacían sus nidos, a los que luego de leídos les diseñaba las portadas con lápices de grafito. Me embelesaba con las colecciones de novelitas de a duro con nombres como Luchadores del Espacio, en donde el sexo semiexplícito campeaba a pito de nada, entre rayos láser y extraterrestres belicosos; después supe que lo de “a duro” era por la peseta que costaban, no por el efecto que me producían. Cuando era evidente que no iba a encontrar nada más, a menos que me pusiese a hacer hoyos en el patrio trasero, empecé a hinchar a mis padres sobre la posibilidad de viajar a la Capital. La capital de las librerías de libros nuevos y las de viejos también.

Siempre me he abstraído del gentío alrededor. Cada vez que doy vueltas un libro entre mis manos se cierra mi campo de percepción sobre las palabras. En las estanterías, la vista vaga al nivel de mi ingle. Con el tiempo me entrené para reconocer los patrones de los libros de ciencia ficción cuando la buscaba. Ya fueran los colores de una colección o la combinación de letras de un autor, un snapshot me ahorra mucho tiempo. Pero en esa feria todo era un estímulo directo: la gente, las estanterías, los libros. Me sentía libre para poder atravesarme los sentidos, sin guardianes, sin temores. El único problema existente era que yo solo tenía quinientos pesos en los bolsillos.

De los autores más clásicos de mi aprendizaje, Arthur C. Clarke siempre tuvo un rincón bien luminoso y amplio en mi memoria. Como decía un crítico, los clásicos de la cf no son buenos escritores, pero sí buenos artesanos. Los personajes de Clarke solo son maquetas que expresan ideas crudas y las tramas meros desarrollos lineales. Baja en línea directa desde Julio Verne, pero sus planteos valóricos sobre la ciencia y la tecnología lo emparentan mejor con Wells. Lo verdaderamente potente en Clarke son las ideas, cada página contiene al menos una y sus futuros siempre resultan positivos o excitantes. Tiene una colección de cuentos que apareció en Nebulae segunda época y que fue el primer libro “caro” que incorporé a mi biblioteca.

Nada es una ganga en una feria del libro. Es algo así como una tradición. Los libros que realmente te atraen cuestan un cien por ciento más de lo que andas trayendo en la billetera. No importa el monto en la billetera. El libro de cuentos de Clarke tenía esa etiqueta de libro peligroso. Todos los libros de esa estantería lo tenían, pero insistí en acercarme. Relatos de Diez Mundos.

El relato “Odio” por ejemplo es un tour de force magistral que destruye todas mis observaciones anteriores. En plena Guerra Fría, una cápsula soviética cae en aguas occidentales y un grupo de pescadores la captura para llevarla a la costa. Durante el viaje de regreso el capitán impide al protagonista abrirla para atender al cosmonauta. Después de todo es un perro comunista que merece morir, tal como ellos mataron a su hermano. A medida que el oxígeno se agota, la disputa se hace más aguda y los argumentos son más desesperados. Toda la parafernalia de desconfianza de la Guerra Fría se cristaliza en el odio del capitán. El final amargo se hace doloroso.

Yo conocía a Clarke y el libro era tan terso. Cuando me dijeron el precio adopté la cara de póker que todo buen comprador debe estrenar; di las gracias y me volví lentamente a ponerlo en su sitio original. Pero no lo quería soltar, así que comencé a leerlo. Durante minutos enteros. Sin que nadie me molestara. Sin que nadie me observara. ¿Sería posible si..? El corazón quiso salirse por mi boca. Considerar algo así era una batalla moral, pero el deseo es tan irresistible. La sensación era tan sensual que, mientras mis funciones cognitivas superiores deliberaban y se desgarraban, mi cuerpo se fue deslizando por el mesón hacia el final del stand.

Perra Estrella” es un extraño cuento de sobrevivencia, no sé si inusual en Clarke. Deja deslizar un tono paranormal y luego comete el error de explicarlo científicamente. A quien le importaba, habiendo contado la descorazonadora historia de la perra del astronauta. Más allá de la muerte, su fidelidad la hizo retornar para salvarlo. Otro parecido es “¿Quién anda ahí?”, que me hizo eco de películas como Alien, pero los rasguños fantasmagóricos tienen un origen mucho más benévolo. Y uno sublime es “La Muerte y el Senador” en donde el legislativo del título, que siempre se ha opuesto a la investigación espacial, ahora debe decidir si quiere ser curado por la tecnología médica que nace de esa misma instancia.

¿Nadie estaba dispuesto a creerme? Era un precio exorbitante para un libro, yo debía tener la razón. Y seguro que nadie lo iba a comprar, iba a ser el único interesado en los próximos doce meses. Por otra parte, ¡no robarás! Pero nadie lo notaría entre tanta gente… Nunca levanté la vista del libro. Cuando estuve en el otro stand, un rugido de sangre gritaba en mi cabeza y continuó haciéndolo mientras tropezaba con la gente en mi caracolesca huida. El mismo párrafo de la contraportada delante de mí, lo leí tantas veces y nunca cobró sentido en mi alterada cabeza. Y así salí del recinto de la Feria y me sentí como sobreviviente de una marejada feroz. Me recuerdo que me inundó el aroma del algodón de dulce.

Los cuentos humorísticos son, bueno, tan ingleses viniendo de Clarke. Son más bien irónicos o de un tipo que se sale por la tangente. “¡Hágase la luz!” y “Un ligero caso de insolación” son de este último tipo. Chistes negros en los que alguien resulta muerto por motivos de venganza o afición. En el segundo aparece una Latinoamérica caricaturesca y amoral, descrita con el chovinismo desacomplejado que solo los ingleses tienen. También está “Una mona en la casa” que es sencillamente divertido y sin pretensiones sobre una monita que se les da de artista y el papanatas que se mete a desafiarla. Por supuesto, todos sabemos quién gana, pero no cómo gana.

Encontré a mi padre conversando todavía con el argentino. Me enteré que era un escritor invitado a la feria. Pero a quién le importaba. El viejo se aburría y olió a alguien de su especie cuando llegamos. Egos tan grandes como ellos dos se atraen y siendo tan fabuladores no podían agotarse. Mi pálida y húmeda nerviosidad los interrumpió. Solo buscaba irme, no quería mirar atrás. Mi mano se había cerrado tan fuertemente sobre el libro que nadie me lo iba a arrancar. Nos alejamos a paso de tortuga, a mi padre siempre le gustó caminar parsimoniosamente. Yo miraba por sobre el hombro y no me convencía haber salido tan completo. De vuelta en el microbús, mi viejo habló de lo encantador del escritor argentino Bernardo Kordon, de las intenciones de visitarse en Buenos Aires. Me preguntó cuánto me había costado el libro y yo le contesté escuetamente, “quinientos pesos”. No le interesaba saber mucho más sobre Clarke, él fue siempre fiel al realismo costumbrista de Chile. Y siguió hablando sobre el escritor y sobre esos planes que nunca se concretaron, mientras el peso de mi libro me ahuecaba las manos. Lo leí en estado de éxtasis durante una semana, sin pensar en que se iba a agotar, en que Clarke se disiparía una vez dada vuelta la última página.

El último cuento es “El camino al mar”. No hay mucha emocionalidad en la obra de ACC, después de todo es un científico -aunque el libro es pura emoción. Pero aquí, Clarke se desbanda y hace toda una declaración de principios sobre el avance positivista y el futuro de la humanidad. La metáfora que utiliza es un nido de araña que ha eclosionado y sus arañitas van remontando las ráfagas del viento. Al protagonista, lleno de dudas desde el principio, le cristaliza una visión ciclópea de una raza humana que se ha expandido por la galaxia al punto de perder sus raíces.

Y cuando di vuelta la última página del cuento y del libro, Clarke no se disipó. Se me grabó a nivel cortical. Ese verano tuve un ataque de furia gráfica y dibujaba todo el día, y leía ciencia ficción. Astronaves, dos lunas en el cielo, estudios mecánicos de robótica, barcos fluviales, ciudades con chapiteles exóticos. Dibujé un hombre decidido bajando hacia una playa con su manta al viento (!?). El camino estaba bordado de detalles y abajo lo esperaba un navío. Un poco más lejos hay una estación biomarítima (¡?). Las arañas están meramente esbozadas, pero se las puede ver ya en el viento.

El libro está en mi biblioteca, bajo siete llaves. Tiene un forro de plástico transparente tras años de sufrir manoseos, y el lomo está quebrado. Si lo vuelvo a tocar seguro que se descuera ante mis ojos. Los cuentos han envejecido mal y su tecnología está más que superada. Lo que tenía de profecía hace rato que se convirtió en la arenisca del fondo de los paquetes de galletas. Por lo mismo no acostumbro a releer, pero no hay razones que sirvan contra la memoria de la niñez. Para mí, Relatos de Diez Mundos es la quintaesencia de Clarke, y de cuando en cuando siento el impulso de abrirlo para sentir el eco de mi voz. No tengo pesadillas sobre el asunto, no me angustia; valió la pena ese día y ahora también. ¿Vendrá alguna vez ese remordimiento? Nunca.

Luis Saavedra, 2006, 2019.

Luis Saavedra V. nació en 1971 en Puente Alto, Santiago de Chile, y es Analista de Sistemas. Siempre se interesó en lo fantástico por su estética de colores chillones y luminosos y sus monstruos enfurecidos y de ojos saltones; consideraba que era algo único de verse. En 1988, ingresó al mundillo de la ciencia-ficción en su país y se incorporó como un activo miembro de la Sociedad Chilena de Ciencia-Ficción y Fantasía, de la que fue secretario al poco andar. Luego participaría en la edición de los Boletines de la Sociedad, formaría parte del grupo Ficcionautas, que realizaron cinco convenciones de fines del siglo pasado, y editaría los fanzines Wonderlands, Nadir y Fobos. Hoy participa del colectivo de literatura fantástica Poliedro.

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