En la luna: un bosquejo de la ciencia-ficción chilena, por Omar Ernesto Vega (*)

En la luna: un bosquejo de la ciencia-ficción chilena
por Omar Ernesto Vega (*)

En forma despectiva la gente se refiere al soñador como a ese loco que está en la luna, olvidando que es él quien nos permite avistar otros mundos, en particular el futuro de la humanidad.

En Chile no han faltado los soñadores brillantes, que merecen ser conocidos, en particular aquellos que han cultivado a pulso el ingrato mercado de la ciencia-ficción nacional. Hasta ahora nadie se ha hecho rico en está actividad, pero si han enriquecido nuestras vidas con sus fantasías geniales. Esta página es en honor a ellos, los abnegados creadores de la ciencia-ficción chilena. También sea un agradecimiento a los investigadores que han rescatado éste legado del olvido: Remi-Maure, Andrea Bell y el erudito de la ciencia-ficción nacional Moisés Hassón.

LA CIENCIA FICCIÓN COMO GÉNERO LITERARIO

Como género literario la ciencia-ficción es muy particular y de difícil definición. Lo primero que podemos decir de ella es que es un área de la fantasía. Pero la cienciaficción se caracteriza, además, por el apego a las leyes del mundo real en la forma descrita por la ciencia de la época en que un autor escribe. A la mezcla de ciencia y fantasía se le denomina especulación científica, que es la proyección de los conocimientos actuales a sus consecuencias futuras. Haciendo uso de esas definiciones, podemos aproximarnos a una definición amplia de la ciencia ficción describiendo el género como la intersección entre la especulación científica y la narrativa.
Pero las cosas no son tan simples, y los casos excepcionales abundan. Por ello pareciera ser mejor una descripción de las obras de ciencia-ficción y de su estado actual, más que el establecimiento de una definición formal, la que será transgredida de inmediato por nuevos autores.
Desde el punto de vista de la técnica literaria, la ciencia-ficción está principalmente centrada en la narrativa, pero no exclusivamente en ella. Pues, además del cuento y la novela existe poesía, teatro y ensayos que pertenecen al género. Sin buscar mucho encontramos que la obra de teatro RUR de Karel Kapek es considerada cumbre en la ciencia-ficción del siglo XX.
Los problemas de definición se agudizan en los límites entre la ciencia-ficción y otros géneros, como el terror. La novela gótica Frankenstein, de Mary Shelley, es considerada la primera obra tanto de terror como de ciencia-ficción. En el caso de H.P.Lovecraft, el maestro del terror del siglo XX, encontramos que en muchas de sus obras la causa final del terror son seres extraterrestres o aparatos científicos. Por ese motivo se le considera un autor cercano y muy influyente en la ciencia-ficción moderna.
Tampoco es posible restringir la ciencia-ficción sólo a la literatura, pues su presencia es clara en otras formas de arte. En el cine, por ejemplo, la ciencia-ficción tiene una larga tradición cuyos orígenes datan de la película Le Voyage dans la Lune (1902) de George Méliès. Y si bien muchas películas de ciencia-ficción se saben obras menores, incluso ridículas, existe un film que es considerado, por los expertos, como una de las mejores películas nunca filmadas. Se trata de 2001: Odisea en el Espacio (1968), del director Stanley Kubrick. Si ampliamos la definición de cine para que incluya también las series de televisión, encontraremos algunos casos notables, como la serie Viaje a las Estrellas, convertida en objeto de culto y en paradigma de la ciencia-ficción popular.
El cómic y la animación son dos áreas donde la ciencia-ficción ha sido trascendente. La especulación científica desbocada es el origen de algunas de las temáticas más populares del género, como Superman, Batman y todos los superhéroes, como también de series de detectives del estilo de Dick Tracy y aventureros espaciales como Buck Rogers y Flash Gordon. Es más, se detecta una influencia cruzada entre cómic, cine y literatura de ciencia ficción, por lo que se puede afirmar que las tres son distintas expresiones de un mismo género.
En resumen, la literatura de ciencia-ficción es una especialidad dentro de un movimiento mayor que ha marcado el arte popular y masivo de los últimos siglos. Quizás en beneficio de nuestra área puede decirse que la obra literaria es el producto de la imaginación de un hombre en solitario, del individuo, mientras que tanto el cine como, en menor medida, las historietas, requieren para su realización de equipos de trabajo numerosos, tecnología, y poder económico. En la literatura sigue siendo el creador quien solo, enfrentado a la página en blanco y disponiendo como capital sólo de un puñado de letras, se lanza a la audaz tarea de crear nuevos mundos.

EVOLUCIÓN DE LA CIENCIA FICCIÓN

Las primeras manifestaciones de la ciencia-ficción se confunden con el origen de la narrativa. Las tradiciones religiosas tienen abundantes relatos de sucesos extraordinarios. Sin más, el Mahabarata hindú describe platillos voladores y armas atómicas. En la literatura clásica occidental se pueden encontrar relatos de robots, máquinas volantes y viajes hacia sociedades extraordinarias, como también a Hefestos y Dédalo, prototipos del científico de la ciencia-ficción.
Sin embargo, a pesar de estas incursiones literarias tempranas, el primer relato considerado en propiedad como el precursor del género es el del escritor sirio Luciano de Samosata, quien en el siglo II D.C. escribió Historias Verdaderas, un viaje imaginario a la Luna que incluye la descripción de una raza y sociedad selenita, y que tiene incluso la descripción de las primeras batallas espaciales de la historia.
En el siglo XVII Johannes Kepler escribe su novela Somnium, la cual narra la aventura de un hombre que llega a la Luna gracias a la ayuda de un demonio amistoso. Siendo Kepler uno de los fundadores de la física y astronomía modernas, su trabajo es una especulación científica adornada por narrativa.
En el siglo XVIII la literatura comienza a converger en el género de la ciencia-ficción. Un ejemplo clásico es la tercera parte de la obra de Jonathan Swift, Los Viajes de Gulliver, en la que se describe un centro de investigación moderno y una computadora. De esa época provienen también las primeras anticipaciones, las cuales son utopías que fijan las sociedades en el futuro en vez de en lugares distantes.
La primera obra de anticipación es anónima. Se trata de El reino de George VI, 19001925 (publicada en 1763), la que predice el cambio científico, la igualdad de la mujer y las guerras futuras. Más influyente fue, sin embargo, la obra de Louis Sebástien Mercier, El Año 2440 (publicada en 1771), la cual predice una sociedad republicana del futuro, y que incluso llegó a las América, particularmente a Chile.
El siglo XIX tiene abundante literatura que se enmarca sin dudas en el género de la ciencia-ficción. Entre los principales autores de la época encontramos a Mary Shelley,
Edgard Allan Poe, Camille Flammarion, Julio Verne y H.G. Wells. Todos ellos extraordinarios y ampliamente conocidos. Se puede afirmar con certeza que la cienciaficción se divide en dos períodos separados por el siglo XIX. Antes se encuentran los precursores. Después nos hallamos con un género maduro que ha producido obras paradigmáticas como los Viajes Extraordinarios de Julio Verne, primeras obras de la denominada ciencia-ficción dura o, valga la redundancia, ciencia-ficción científica. Además, en esa época se publican también los Romances Científicos de H.G. Wells, que fundan el subgénero hoy conocido como Space Opera. Pero más que ninguna otra obra, es Frankenstein, de Mary Shelley, el hito oficial que marca el nacimiento de la cienciaficción.
El siglo XX trajo la masificación de la ciencia-ficción y el establecimiento de las pautas hoy consideradas clásicas. Quizás el fundador de la ciencia-ficción moderna fue Hugo Gernsback. El creo el primer nombre para el género, scientification, y le definió como el tipo de literatura de Verne, Wells y Poe. En sus palabras, la ciencia-ficción es “un romance encantador mezclado con hechos científicos y una visión profética”. La obra de Gernsback, Ralph 124C 41+, calza perfectamente con esa definición. En ella predice el mundo del futuro con tecnología y proyectos extraordinarios. En su honor se establecieron los premios “Hugo”, quizás los más importantes del género.
Los autores de ciencia-ficción del siglo XX son innumerables, pero los más reconocidos son tres: Isaac Asimov, el más prolífico; Arthur Clarke, el más extraordinario desde el punto de vista técnico, y Robert Heinlein, el más completo y mejor desde el punto de vista literario.
Desde fines del siglo XX y hasta el presente la ciencia-ficción ha estado sufriendo cambios permanentes. Los tirajes de las revistas y libros de ciencia-ficción han bajado considerablemente, mientras el campo se ve amenazado por la fantasía tradicional, que le está quitando terreno. Por otra parte, ha cesado el entusiasmo por el futuro tecnológico de la humanidad. El peligro de la aniquilación nuclear y los desastres ecológicos han hecho que las nuevas generaciones desprecien la ciencia y consideren peligrosos tanto a los científicos como a sus instituciones. Por otra parte, el desencanto con los planes de colonización del espacio ha hecho que la gente considere el futuro cósmico como una utopía irrealizable. Es más, la decadencia de las naciones occidentales con respecto al Tercer Mundo, con Asia en particular, hace que el optimismo sea un bien escaso en los autores actuales.
Por eso la literatura de ciencia-ficción postmoderna está plagada de obras que describen futuros decadentes. Ejemplos típicos de esos futuros sombríos es la obra de Philip K. Dick ¿Sueñan los robots con ovejas eléctricas? -la que sirvió de base a la película Blade Runner- y la novela de William Gibson, Neuromancer, fundadora de esa corriente rebelde de la ciencia-ficción llamada Cyberpunk.
Se ha hablado de decadencia del género, y es posible que haya algo de verdad en eso. Es indudable que está en crisis. Sin embargo, nuevos rumbos se vislumbran mientras la ciencia-ficción se sigue debatiendo entre la calidad artística y la calidad científica de sus obras. Nadie sabe que deparará el futuro, lo que sí es claro es que las obras de cienciaficción reflejan las esperanzas de las personas de su época. En tiempos de esperanza los futuros son brillantes, en tanto que en aquellos donde prima el desencanto los trabajos de ciencia-ficción son también deprimentes.

RESCATANDO LA HISTORIA DE LA CIENCIA FICCIÓN CHILENA

La literatura chilena es conocida mundialmente gracias a sus extraordinarios poetas y narradores. La ciencia-ficción chilena, sin embargo, es un “patito feo” escasamente conocido más allá de un pequeño grupo de persistentes cultores y leales lectores. Por eso no es extraño que en 1984 el investigador Remi-Maure –pionero de la investigación del género en Chile- pudiera afirmar impunemente que la ciencia-ficción chilena había nacido en 1959 y que había muerto a mediados de los ’70. En efecto, al contrario de la realidad del resto de la literatura, si buscamos en las librerías chilenas muy rara vez encontraremos libro alguno de ciencia-ficción escrito por un autor nacional.
Sin embargo, la realidad es que la ciencia-ficción nacional existe y en gran cantidad. Se han detectado no menos de cien obras del género. Es más, existe la sospecha fundada de que gran parte del material chileno de ciencia-ficción todavía no ha sido descubierto, encontrándose a la espera de los investigadores que la rescaten del olvido.
A pesar de esto, no existe algo que pudiéramos llamar una escuela de ciencia-ficción chilena, sino más bien obras escritas por chilenos siguiendo las corrientes internacionales. Este no es un defecto propio de la ciencia-ficción nacional, sino que es característico de toda la ciencia-ficción hispana. Lo cual no significa que nuestra ciencia-ficción carezca de un color propio, proveniente principalmente de la literatura general, tal como la selección de protagonistas, escenarios y de leyendas propias de nuestro país.
El pasado de la ciencia-ficción chilena esta cubierto de brumas. Con gran esfuerzo un grupo de investigadores ha rescatado algo de ese pasado. En particular, existe una idea relativamente clara de la producción de novelas del género en el período que va desde fines del siglo XIX hasta el presente. Sin embargo el rescate de las obras está lejos de ser completa. Nada se sabe, por ejemplo, de los cuentos fantásticos del período colonial y hasta fines del siglo XIX. Se desconoce casi la totalidad del material publicado en diarios y revistas desde los comienzos de la imprenta en Chile y hasta la primera mitad del siglo XX. Todo esto nos hace pensar que puede haber muchas obras, quizás decenas, escondidas en obscuros rincones de una biblioteca, a la espera de ser incorporadas a la bibliografía oficial.
Existe la sospecha, por ejemplo, de que la primera novela de ciencia-ficción chilena fue El espejo del futuro, escrita por David Tillman y supuestamente publicada en 1876, probablemente en el Norte Chico. Sin embargo no hay evidencia adicional al respecto. La existencia de este libro sigue siendo un misterio. Así como en ese caso, puede haber muchas más obras importantes perdidas y sin clasificar. Es más, es de temer que parte de ese material ya se haya perdido para siempre.

ORÍGENES DE LA CIENCIA FICCIÓN CHILENA

La primera obra de anticipación que circuló en nuestro país fue El Año 2440 de Mercier (1771), y lo sabemos por mera casualidad. De acuerdo al historiador José Toribio Medina, fue proscrita en Chile en el año 1778 por decreto expreso del Rey de España. En esa época arribo la primera imprenta a Chile, avance que facilitó la publicación de obras nacionales. Solo en la década de los ’40 del siglo XIX surgen las primeras novelas, de las cuales la más notable, sin dudas, es Martín Rivas de Alberto Blest Gana. Está documentado que la influencia literaria, tanto de Europa como de Estados Unidos, se dejaba sentir en el mundo hispano, y en Chile en particular. En el área de la cienciaficción y fantasía, autores tales como Edgard Allan Poe, Camille Flammarion y Julio Verne eran conocidos en el círculo de escritores vanguardistas. Esta influencia da sus frutos cuando en 1870 aparece en España la novela espacial Una Temporada en el más bello de los planetas, la que es seguida de cerca por la publicación en 1875 de la primera novela latinoamericana de ciencia-ficción, la argentina El maravilloso viaje del señor Nic Nac.
De acuerdo a todos los antecedentes que disponemos, en esa época la literatura chilena hacía sus primeras incursiones en el género.

FRANCISCO MILLARES: Desde Júpiter

En 1877 Francisco Millares publica la primera novela de ciencia-ficción Chilena que está documentada. Ejemplares de la misma se encuentran en la Biblioteca Nacional y en otras bibliotecas importantes, por lo cual es posible acceder a ella.
Francisco Millares fue un personaje muy interesante de fines del siglo XIX. Nacido en Santa Cruz de Colchagua en 1837, fue ingeniero, artista y escritor. Trabajó como geomensor para ferrocarriles, donde hizo su carrera. Fue pintor y fotógrafo, además de comentarista político, para lo cual usaba el seudónimo de Saint Paul. Entre sus trabajos importantes se encuentra una obra sobre pintura, llamada Teoría de los colores, y el libro Locomoción Aérea (1889).
En 1877 publica su fantasía Desde Júpiter, la cual es una utopía científica que describe una sociedad alienígena que existe en el planeta gigante. Carlos, el protagonista, es enviado a Júpiter por medio de hipnosis, y allí descubre una sociedad tecnológicamente avanzada que sirve para poner en evidencia las falencias del Chile de la época. La novela no escatima elementos propios de la ciencia-ficción contemporánea, tales como la descripción de maravillas técnicas como proyectores y telescopios que permiten leer diarios de la tierra desde el mismo Júpiter. Los jovianos, además, son capaces de volar y de atravesar las paredes.
La novela Desde Júpiter fue conocida en su época, como lo atestiguan los ejemplares que todavía se preservan en nuestras bibliotecas, sin embargo no dejo escuela. Tendría que pasar medio siglo hasta la siguiente novela de ciencia-ficción nacional.

LOS PIONEROS DE LA LITERATURA DE CIENCIA FICCÓN CHILENA

A principios del siglo XX la literatura de ciencia-ficción se expande en el mundo entero. La producción nacional sigue esta tendencia, dividiéndose en subgéneros: anticipaciones, utopías, opera espacial, etc.

ANTICIPACIONES PIONERAS

La primera anticipación chilena es la novela Tierra firme (1927) de Julio Assman (seudónimo R. O. Land). Se trata de una utopía ambientada en los años ‘50. En ella se describe un Chile regido por el colectivismo y la justicia social. Predice tanto la Reforma Agraria como las comunidades rurales de tipo “hippie” y el advenimiento de una tecnología ecológica, incluyendo el reciclaje de diarios impresos con tintas orgánicas, el uso de vehículos no contaminantes, de trenes eléctricos, dirigibles y bicicletas, y prediciendo, de paso, el tren subterráneo.
Otras anticipaciones importantes son: la novela Ovalle: 21 de Abril del año 2031 (1933) del doctor David Perry, quien anticipa la vida de su pequeño pueblo un siglo hacia el futuro, donde los trabajadores poseen acciones de sus empresas y están integrados a un sistema capitalista de tipo popular, y se practica una regulación de precios con miras a evitar la especulación; La próxima de Vicente Huidobro (1893-1948), que trata de la fundación de una colonia de intelectuales en Angola y de una guerra catastrófica que hunde el mundo occidental; Visión de un sueño milenario (1950) de Michel Doezis que describe una confederación entre terrestres y selenitas y cuenta la historia del primer viaje a la Luna hecha por los humanos, todos cuales son chilenos; y la sátira Un ángel para Chile (1959) de Enrique Bunster, que muestra el brillante futuro del país que se enriquece gracias al descubrimiento de la cura para la calvicie.

CIVILIZACIONES PERDIDAS Y UTOPÍAS

En 1924 Pedro Sienna, famoso actor y poeta, escribe una novela satírica con sabor a utopía llamada La caverna de los murciélagos. Se trata de una sabrosa e hilarante historia sobre una sociedad surrealista de murciélagos muy humanos. Demasiado semejantes a los chilenos de la época para ser sólo coincidencia.
La primera novela sobre civilizaciones perdidas de la literatura Chilena es Thimor (1932) de Manuel Astica Fuentes, la cual es la primera en tocar el tema de la Atlántida – en realidad Lemuria-, la cual, junto con la leyenda equivalente de la Ciudad de los Césares, comprende un buen porcentaje de las novelas de ciencia-ficción chilenas. Algunas de las obras más importantes son: La Atlántida pervertida (1934) y El mundo en ruinas (1935) de Luis Thayer, Pachi Pulai (1935) de Hugo Silva, La ciudad de los Césares (1936) de Manuel Rojas, En la ciudad de los Césares (1939) de Enrique Délano, la antología Leyenda de la ciudad perdida (1942) de Fernando Alegría, la novela Kronios: la rebelión de los Atlántes (1954), de Diego Barros Ortiz, y la antología poética Campanario de la humanidad (1938) de Samuel Lillo.

SPACE OPERA

En Estados Unidos, a consecuencia de la proliferación de literatura barata, o Pulp fiction, aparece el subgénero llamado Space Opera. En Chile los escritores comienzan también a escribir cuentos de ese tipo. Los pioneros son Alberto Edwards, quien publicaba en Pacífico Magazine, y Ernesto Silva Román, su rival de Zig Zag.
Alberto Edwards (bajo el seudónimo Miguel de Fuenzalida) escribe relatos fantásticos con detalles futuristas y utópicos, como el personaje Julio Téllez, diputado de la Confederación del Pacífico -supuesta superpotencia latina- quien usa aviones y barcos que rompen todos los récords de velocidad. En el cuento “El árbitro de Europa” se describe un invento que permite la construcción de una gigantesca nave aérea que se vende al mejor postor a las potencias de la Primera Guerra Mundial. Estos fueron publicados desde 1913 a 1921 y se recopilaron en las colecciones de relatos Cuentos Fantásticos (1956) y Ramón Calvo (1960).
El dueño de los astros (1929) de Ernesto Silva Román es una colección de siete cuentos de ciencia ficción, previamente publicados en Zig-Zag, que se caracterizan por la aventura. En ellos se muestran avances en ciencia y tecnología, además del dominio de fenómenos parapsicológicos, en particular en el manejo de las ondas cerebrales. Las invenciones que se muestran en la serie incluyen: cámaras de televisión interplanetarias, campos de fuerza y giromóviles. Este autor tiene a su haber dos novelas más del género: El holandés volador (1948), y Jristos (1957), especulación histórica sobre Jesucristo. Jristos marca el inicio de un subgénero conocido como “ciencia-ficción religiosa”, la cual tiene numerosos exponentes en Chile.
En este subgénero podríamos incluir “El Secreto del doctor Baloux” (1936) de Juan Marín. La novela comienza con el descubrimiento de un naufragio, y el fondo de la historia es una carta dejada por un médico, quien afirma que el inconsciente sobrevive largamente a la muerte de la consciencia, y que puede convertirse en un gas mortal.

SOBRENATURALES

Un tipo de obras frecuentes en la ciencia ficción chilena son aquellas que están en la frontera con la fantasía y lo sobrenatural. Es el caso de El caracol y la diosa (1950) de Enrique Araya, donde el protagonista huyendo de la conscripción para la Segunda Guerra Mundial es encerrado en una habitación muy estrecha que le aprisiona dejándole inmóvil. En ese estado su alma se desdobla del cuerpo y viaja tanto al pasado como al futuro, contactando un ser del año 20912, con quien viaja en espíritu a distintos tiempos y lugares. Aparte de esta obra, Enrique Araya publicó una antología de cuentos llamada La tarjeta de Dios (1974).

LOS AUTORES CLÁSICOS

Desde 1959 hasta principios de los ’70 la literatura de ciencia-ficción chilena alcanza su madurez. En ésta época podemos encontrar a los autores considerados clásicos. Veamos a los más conocidos.

HUGO CORREA

El período se abre con la publicación de Los altísimos (1959) de Hugo Correa, la cual es considerada una obra cumbre del género en Chile. Trata de un terrícola que se encuentra accidentalmente con un mundo alienígena llamado Cronn; mundo de 33.000 kilómetros de diámetro compuesto de ocho anillos concéntricos habitados por la cara convexa, y que se desplaza a la velocidad de la luz a través del universo. En este mundo la gente es controlada permanentemente, las mujeres son estériles y la reproducción es artificial. Todo es manejado por maestros superiores invisibles, pero cuya presencia se deja sentir. Se trata de una sátira de los regímenes totalitarios y su deshumanización.
Hugo Correa continúa su carrera con Alguien mora en el viento (1959) que trata de la aventura de dos astronautas en los islotes vegetales de Venus; El que merodea en la lluvia (1961), acerca de una criatura extraterrestre que aparece en el campo chileno; la colección de cuentos Los títeres (1969), sobre robots de telepresencia (los títeres); y El nido de las furias (1981), que transcurre en un país latinoamericano imaginario. Otras novelas de Hugo Correa son Ojos del Diablo (1972) y Donde acecha la serpiente (1988), además de la colección de cuentos Cuando Pilatos se opuso (1981), que lleva el nombre del cuento principal.
Hugo Correa es reconocido como el más grande escritor de ciencia-ficción de Chile. Sus libros han sido trasladados al Ingles, Francés, Alemán, Portugués, Sueco y otros lenguajes. Su trabajo ha publicado en diversos medios, tales como la prestigiosa revista Fantasy and Science Fiction, en la que Correa aparece en Abril de 1962 con su cuento “The last element” y en Julio de 1967 con “Alter Ego”.

ANTONIO MONTERO (Antoine Montagne)

Otro escritor importante es Antonio Montero, quien firmaba sus primeras obras como Antoine Montagne. Su primera novela fue Los superhomos (1963) que trata de un mundo posterior a una guerra nuclear donde aparecen 30 criminales con poderes parapsicológicos que tratan de imponer su reinado. Otras obras de Montero son Acá en el tiempo (1969), que trata del descubrimiento, en una cueva peruana, de una máquina que preserva el conocimiento de una raza alienígena desaparecida; y No morir (1971), una colección de cuentos, entre los cuales destacan “De regreso”, que narra el descubrimiento de una replica de París en Júpiter; y Este abismo, que describe el viaje en solitario de un astronauta a través del vació intergaláctico.

ELENA ALDUNATE

Elena Aldunate es la primera y más destacada escritora chilena de ciencia-ficción, además de ser una de las más prolíficas entre los autores del género en Chile. Su primer trabajo en es un cuento llamado “Juana y la Cibernética” (1963). Luego viene su novela La bella durmiente (1976), que trata de una mujer que despierta en otro milenio, donde el mundo es mucho mejor que el del convulsionado siglo XX. Le siguen Angélica y el delfín (1976), que es la historia del encuentro entre una joven y un delfín inteligente; Del cosmos las quieren vírgenes (1977), que relata la llegada de mariposas extraterrestres que provocan la aparición de mutantes pacifistas; y la antología de cuentos llamada El señor de las mariposas (1967).

Elena Aldunate también ha tocado temas fuera de la ciencia-ficción, como su novela El molino y la sangre (1991), que es una historia de fantasmas, y la serie juvenil Ur.

OTROS AUTORES DEL PERÍODO

Aquellos (1962) de Osvaldo Moreno es una colección de cuentos de ciencia-ficción que critica la deshumanización de la sociedad. El cuento más largo, que da nombre a la obra, trata de los últimos cinco humanos en un mundo cada vez más robotizado.
El ángel torpe (1963) de Raimundo Chaigneau es una colección de cuentos de fantasía y ciencia ficción. Destacan los cuentos “La cuerda”, que trata de una soga que cuelga desde el cielo al Altiplano; y “El intruso”, que trata de la aparición del Homo Mater.
Nacido en Argentina, Armando Menedin vivió mucho tiempo en Chile. Se le recuerda por la calidad de su trabajo. Su corta historia “Laura” (1963) tiene el estilo de una crónica marciana poética escrita en prosa, en la que describe los canales subterráneos de Marte, sus minerales y sus mariposas gigantes. Pero su trabajo mayor es La crucifixión de los magos (1966), una obra detallista e irónica cuya trama transcurre en Fobos, el satélite de Marte. Se trata de un satélite penitenciario donde los prisioneros viven en estado salvaje y cuya atmósfera insalubre les conduce lentamente a la muerte. Entonces aparece un mago que conjura imágenes en espejos. Además de estas obras, Menedin tiene una antología de cuentos llamada Collage (1971), dentro de las cuales se incluye la ya mencionada “Laura”.
En esta época aparecen dos antologías de cuentos. La primera es Uránidas, Go home! (1966) de René Peri, que son historias irónicas y humorísticas, pero que la crítica ha considerado superficiales. La segunda antología es La Tierra Dormida (1969) de Ilda Cádiz Ávila, considerada más interesante, pues comprende cuentos de ciencia ficción de estilo clásico, con extraterrestres, catástrofes planetarias y satélites artificiales. Además incluye “Los seres de los andes”, una historia de los sobrevivientes de la Edad del Hielo que se refugian en cuevas andinas.
Mañana hacia el ayer (1975) de John Bohr es una novela sobre el transcurso del tiempo a la inversa. Julius Drive, el protagonista, es un hombre de 71 que rejuvenece y viaja atrás en el tiempo hasta que llega a 1910, donde recibe la revelación de un habitante de Galas, el planeta más poderoso de la galaxia, de que él es un elegido para revelarle el futuro a la humanidad. Esta idea ya había sido planteada en el cuento de Ida Cádiz “Cuenta regresiva” (1969), y también en el autor cubano Alejo Carpentier y su Viaje a la semilla. Bohr es también el autor de Chaplin está vivo (1978).
Otras obras del período son Pasaje al fondo de la Tierra (1978) de Gustavo Frías, que es un preámbulo a la obra de Julio Verne, y la antología El embajador del cosmos (1976) de Antonio Cárdenas, que la crítica consideró sólo regular.
En ésta misma época la afamada escritora Isabel Allende trabajaba en la revista infantil Mampato, donde publicó quizás el único cuento de ciencia-ficción que ella ha escrito, llamado “El hombre de plata” (1969). Se trata del encuentro casual de un muchacho campesino con un extraterrestre, quien le enseña al muchacho su disco volador, le hace un escáner y le deja libre. Este es un cuento muy querido por sus lectores.
Finalmente mencionaremos las recopilaciones del estudioso Andrés Rojas-Murphy llamas El mundo que no veremos (1974) y Antología de cuentos chilenos de cienciaficción (1988). De ésta última, y entre otros cuentos preciosos, destacaremos al afamado escritor Augusto D’Halmar, que en su cuento “Las antiparras del conspirador” nos regala un viaje en el tiempo desde la colonia al mundo actual.

OBRAS RECIENTES (1980-2003)

Si bien algunos de los escritores clásicos, como Hugo Correa y Elena Aldunate, siguieron activos después de la Edad de Oro, existen muchos otros que han publicado en esta etapa. Reconocemos que aquí hace falta un estudio más detallado de las novelas y una clasificación acabada.
Entre las obras recientes podemos mencionar: El veredicto (1980) de Bernardo Weber que trata el tema convencional de la ciencia-ficción: el juicio a la humanidad por parte de extraterrestres, los que toman como testigos y jurados a los propios humanos; El dios de los hielos (1986), de Carlos Raúl Sepúlveda; El sobreviviente (1989) de Edward Grove, novela de desastre planetario muy en el estilo del clásico de Wilson Tucker El Clamor del silencio, aún cuando en este caso el final es más auspicioso para el protagonista al terminar al menos con una pequeña esperanza.
Desde el exilio, varios chilenos han publicado sus obras en otros países, de los cuales conocemos a tres autores. De Ariel Dorfman podemos mencionar su novela La última canción de Miguel Sendero (1982), la cual describe una dictadura asfixiante; de Eduardo Barredo, licenciado en Filosofía y Educación, quién reside en Cuba desde 1974, conocemos las antologías El valle de los relámpagos (1985) y Encuentros paralelos, y la novela Los Muros del Silencio. Alberto Baeza Flores publicó en Costa Rica la que talvez sea la única obra de teatro de ciencia-ficción de un chileno: Tres piezas de teatro hacia el mañana. Y, finalmente, Héctor Pinochet, escritor y poeta, tiene a su haber la antología El Hipódromo de Alicante (1989) publicada en España. Juan Ricardo Muñoz es un escritor de novela cortas, orientadas al público juvenil, y ha publicado Fuegana: La verdadera historia de la Ciudad de los Césares (1985), Los Tanga Manus, o los hombres pájaros de Isla de Pascua (1993) y El Trauco, la Pincoya y las ciudades submarinas (1997).
Otro aporte reciente es Diego Muñoz, con Flores para un cyborg (1997), que es una novela de acción de marcado tono político cuyo protagonista es un androide humanizado. La descripción que hace Muñoz de la tecnología es acabada y precisa, siendo un extraordinario ejemplo de la ciencia-ficción dura, aquella que respeta la ciencia y la proyecta a la literatura.
Darío Osses con 2010: Chile en llamas (1998) demuestra que las anticipaciones siguen vivas. Osses predice un Chile donde el modelo liberal ha triunfado y todo se ha privatizado, incluyendo las fuerzas armadas. Chile se ha convertido en un desierto donde todo lo que podía explotarse ya lo ha sido, y donde la gente vive sumida en la contaminación, la violencia y el desempleo, pero felices por la droga legalizada y la pornografía tecnológica. Entonces, durante un partido de fútbol, un evento trivial crece de manera descontrolada, sumiendo al país en el caos absoluto.
Finalmente, la investigadora Andrea Bell publicó en inglés la antología de cuentos Cosmos Latinos (2003), que recopila lo mejor del género en el mundo hispano. En esa colección figuran tres cuentos chilenos: “La estrella muerta” de Ernesto Silva Román (1929), “Cuando Pilatos se opuso” (1971) de Hugo Correa y “Exerión” (2000) de Pablo Castro.

OTRAS ARTES

Moisés Hassón afirma que la primera obra de ciencia-ficción chilena en historieta es “Viaje de la Tierra a Marte” de Juan Magre, la cual fue publicada en Don Fausto N° 11, del año 1924, y en números posteriores. Desde esos inicios la historieta chilena tiene una producción vasta y variada, destacándose Themos Lobos, Máximo Carvajal y Luis Cerna, entre muchos dibujantes notables. En los años ‘60, por ejemplo, era posible encontrar revistas como Rocket, Robot, Rakatan y Capitán Júpiter (Luís Cerna), junto a muchas otras, las que tenían un nivel equivalente a la historieta norteamericana.
Themo Lobos trabajo en series de ciencia-ficción humorística como “Ferrilo” y “Nick Obre”, y fue el principal creador de la serie “Mampato”, en la revista del mismo nombre (1969), basada en un personaje de Oscar Vega. Esta misma serie fue el origen del primer largometraje animado chileno: Mampato en Rapa Nui (Alejandro Rojas, 2002). Alejandro Jodorowsky, conocido artista nacional, ha incursionado exitosamente como guionista en el campo de los libros de historietas producidos en Francia y publicados en Estados Unidos. Se considera que el libro Incal (2002) es el mejor de una serie de varios que tiene ya publicados.

REVISTAS DE CIENCIA FICCIÓN

Las revistas de literatura de ciencia-ficción han sido escasas. A mediados de los años ‘60 se publican dos números de la revista Espacio-Tiempo, enfocada en la literatura y con publicación de cuentos inéditos de los autores clásicos nacionales. Años después, e influenciado por la revista española Nueva Dimensión, un aficionado nacional, Julio Bravo Eichkoff, publica un primer fanzine de ciencia-ficción llamado Sagitario, el cual sólo dura un par de números en el año 1972. Al año siguiente lo vuelve a intentar con Aleph, del que apareció un único número.
En 1986 aparece el fanzine de aficionados Nadir editado por Moisés Hassón, donde se publicó mucho material de autores nacionales, rescatando en muchos casos obras completamente olvidadas y desconocidas para los lectores, sirviendo además de puente para una cierta internacionalización de los aficionados. Recientemente Luis Saavedra ha continuado con la publicación de fanzines, incursionando con el e-zine Fobos, descontinuado en el año 2004. El único e-zine chileno que todavía existe es Tau Zero.

DESAFÍOS PENDIENTES DE LA CIENCIA FICCIÓN CHILENA

Hasta ahora no existen escritores profesionales de ciencia-ficción en Chile. Quien más se ha aproximado a ello es Hugo Correa, con una vasta producción en el género. Para la mayoría de los escritores la ciencia-ficción es sólo una actividad querida, pero poco rentable. Muchos de los escritores de ciencia-ficción financian sus propias obras a sabiendas de que es difícil recuperar las inversiones. A pesar de todo, los escritores chilenos insisten en publicar novelas del género con una regularidad que promedia un par de libros al año.
Se detecta en la ciencia-ficción chilena la falta de explotación de una de las áreas centrales del género: la “ciencia-ficción dura”, que tiene relación con la especulación científica directa. Se nota la insistencia de la mayoría de los autores en la incorporación de elementos sobrenaturales en sus obras de ciencia-ficción, incluyendo fantasmas, auras, percepción extrasensorial y otros fenómenos fantásticos. Esto encasilla a la ciencia-ficción chilena en un área más cercana a la fantasía que a la ciencia: la llamada “ciencia-ficción blanda”. El desafío a futuro es que los nuevos cultores sean capaces de explorar y conquistar también esas áreas complejas y todavía ignotas: la ciencia-ficción dura y el techno-thriller.
La ciencia-ficción chilena se ha mantenido viva gracias al esfuerzo y entusiasmo de sus autores y, sin duda, permanecerá. Esperamos que en un futuro no muy lejano salga de su capullo y se lance a la conquista del cosmos.

ESTE TEXTO APARECIÓ EN MEMORIA CHILENA, EN 2005, PERO SE LE PUEDE ENCONTRAR AQUÍ.

(*) Omar Vega, Santiago (1958), ingeniero en computación y master en ciencias de la computación (Canadá), autor de cuentos de ciencia ficción y artículos sobre el mismo tema, los cuales han sido publicados en revistas y páginas web especializadas. Destacan sus “Apuntes para una historia de la ciencia-ficción en Chile”, escritos junto a Moisés Hasson, para la Revista Nautilus (primer trimestre 2005).

Breve Bibliografía

Remi-Maure. Science Fiction in Chile. Traducido por Lynette Stokes, Laird Stevens y RMP. Science Fiction Studies, Volume II, 1984. DePauw University, U.S.A.

Bell, Andrea. “Desde Júpiter: Chile’s Earliest Science Fiction Novel”, Science Fiction Studies, Nº 66, Vol. 22, Part 2. July 1995. DePauw University, U.S.A.

Bell, Andrea y Hassón, Moisés. “Prelude to the Golden Age”, Science Fiction Studies, Nº 75, Vol. 25, Part 2. July 1998. DePauw University, U.S.A.

Hasson, Moisés. “Introducción a la literatura de ciencia ficción en Chile”, Alfa Eridiani, Nº 7, Año II, Septiembre-Octubre 2003.

Vega, Omar y Hassón, Moisés. “Apuntes para una Historia de la Ciencia-Ficción en Chile”, Revista Nautilus, Argentina. Primer semestre 2005.

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