Entrevista con Rodrigo Juri, por Arturo Sierra

Portada de El Último Horizonte de la Noche. Ilustrador: Rodrigo Unda.

Rodrigo Juri es profesor de ciencias, aunque de un tiempo a esta parte está dedicado completamente a escribir. Ha tenido ya varios éxitos, publicando cuentos en diversas revistas y una novela con Amazon. Como parte de su dedicación al desarrollo de la CF chilena, es miembro director de la ALCiFF. Actualmente vive en Quisco con su familia.

Lo que motiva esta entrevista es la aparición en Locus de una reseña a tu cuento, Una en un millón, o su versión en inglés: One in a Million (publicado en la revista Clarkesworld en el número de julio de 2019). Eso es como pasar a jugar en las grandes ligas de la ciencia ficción, en tanto Locus es algo así como un quién es quién de autores y editores. Evidentemente, se trata de un gran éxito, pero no es la primera reseña positiva de tu debut en el mercado angloparlante.

¿Cómo ha sido la recepción de tu cuento? Aparte de reseñas halagadoras, ¿te han contactado lectores de Clarkesworld para darte sus impresiones?

En general, el mercado de los cuentos de ciencia ficción no es uno que genere amplias reacciones. Y a pesar de ello, me ha llamado la atención las fuerte disparidad con la que la crítica establecida del género ha evaluado One in a Million. Referentes como Locus y Quick Sip Reviews han recomendado la historia, mientras que otros como Rocket Stack Rank la han considerado deficiente. Y en medio, opiniones como la de Tangent, que le dedica muy buenas palabras, pero también una interpretación política que nunca consideré posible.

Retroalimentación de los lectores de Clarkesworld, muy poca. Solo un par de comentarios en el website de la revista. Pero aparentemente, siempre es así, salvo, claro que seas un escritor muy reconocido.

¿Ha sido muy distinta la reacción del público en inglés, respecto a la publicación original de Una en un millón en castellano?

Ciertamente. Una en un Millón en español fue publicada en 2009, y siempre he recibido muy buenas críticas y comentarios de parte de quienes lo han leído. La crítica del mercado inglés es más severa, sin duda, y nadie se muerde la lengua a la hora de identificar falencias en tu trabajo. Por lo mismo, estoy especialmente agradecido por la opinión de Locus; sé que no es gratis.

Ahora que estás plenamente dedicado a la escritura de CF, ¿piensas hacer la transición completamente hacia el inglés, o seguirás trabajando primero en castellano y después traduciéndote?
Primero en español y luego traduzco, salvo en circunstancias muy apremiantes. En mi idioma materno me es mucho más fácil alcanzar ese estado de disociación que es donde uno genera sus mejores textos. Ese “otro” yo, del que algunos escritores hablan. En inglés me cuesta mucho más que surja, pues el idioma me obliga a mantenerme atento al uso de las palabras correctas.

Hay una cierta cualidad poética en la prosa de One in a million, creo detectar. Naturalmente, cada autor tiene su propia pluma, pero la CF parece tener una preferencia por la prosa al callo, más bien seca (no por ello menos elegante o virtuosa, naturalmente). ¿Crees que el paso del texto al inglés marca una diferencia perceptible en la prosa de One in a million y otros cuentos de la misma revista? ¿Hay algo que se pierda o gane en la traducción de este cuento?

Supongo que es porque está escrito en primera persona plural, que es una forma muy poco usual de escribir. Casi naturalmente le otorga ese carácter “poético”, creo yo. Y sí, hay cambios cuando hay que transferir las ideas y construcciones a otro idioma. Se pierden algunas cosas, pero también se ganan otras. Si bien, en lo argumental no hay cambios, a nivel de las figuras y símbolos, sí que los hay.

Ahora, en ese número de Clarkesworld hay otras dos traducciones, de idiomas orientales. En ese sentido es un ejemplar bastante “exótico”.

Hay una lectura que podría hacerse de One in a million que quizás sea atingente a la situación chilena actual: en el cuento hay conflicto entre la autodeterminación y el bien común, tal como lo determinan las máquinas. Luis Javier da la vida por la atodeterminación, aun tras descubrir que las máquinas son mucho mejores que los seres humanos para cuestiones de gobierno. ¿Crees que existe un conflicto semejante ahora en Chile, o crees que la autodeterminación y el bien común coinciden? Y, si el conflicto de “One in a million” se hiciera real, ¿de qué lado te pondrías?

Siempre hay interpretaciones que pueden aplicarse a situaciones contingentes. Pero mi interpretación del cuento no es sobre el individuo versus el bien común o el colectivo, como en 1984. Es una historia transhumanista y lo que quisiera es que el lector se cuestionara sobre lo que realmente significa ser un ser humano. Que no tiene que ver con que usemos estos cuerpos orgánicos, en último término, sino que en la extensión y el uso que le demos a nuestra libertad. Si acaso estoy “dialogando” con otra obra, es con Los Humanoides, de Jack Williamson.

Sobre tu interpretación —tan legítima como la mía, por supuesto—, supongo que sí. Desde mi perspectiva, la Historia de las democracias modernas ha sido esculpida por una permanente tensión entre los principios de igualdad y libertad. Pero ahora estamos en el postmodernismo, y las soluciones que parecían apropiadas en el siglo XX para resolver esa tensión ya no lo son ahora. Y eso es parte también de lo que quiero expresar en “Una en un Millón”.

Rodrigo Juri

¿De qué lado me pondría? Me considero transhumanista, ¿qué crees?

Como autoproclamado transhumanista, y siendo este uno de los temas centrales de “One in a million”, ¿qué pasos crees que se den en el futuro cercano hacia lo trans-humano?

Pues “One in a Million” es casi una crónica fiel de lo que creo que pasará. En lo concreto, expansión de la capacidad de las Inteligencias Artificiales, y el desarrollo de la crítica interfase entre hardware orgánico e inorgánico. Simulaciones de todo tipo, incluyendo la simulación de la inteligencia, que no es otra cosa que inteligencia. Automatización acompañada de políticas compensatorias, como el salario universal garantizado. Desarrollo de vectores virales capaces de alterar nuestro propio ADN, no una, sino todas las veces que lo necesitemos.

Tu novela El último horizonte de la noche es claramente una space opera de corte épico. Uno tiene la impresión de que algo de eso quedó en “One in a million”: el fondo o contexto de la acción es de una escala inmensa y en algún momento hace aparición un cilindro de O’Neill, pero la premisa del cuento es —en parte, por obvias razones de espacio— sumamente discreta: un romance adolescente. Lo demás queda solo como sugerencia. Ahora bien, se podría hacer la distinción entre una CF de carácter intimista y una CF a gran escala; le sobran ejemplos al género de ambas clases de obra. ¿Tienes alguna preferencia en este sentido, considerando que el cuento pertenece más bien a la primera clasificación y la novela a la segunda?

No tengo preferencia. De hecho aspiro a que mi propia evolución como escritor me conduzca a una fusión orgánica de ambos ejes. Una compleja ambición sin duda. Creo que una buena literatura es sobre personajes y su intimidad, y una buena historia de ciencia ficción es sobre el sentido de la maravilla dentro de lo plausible. Y mi ambición, como dije, es escribir buena ciencia ficción, pero también buena literatura.

El epígrafe del cuento es una cita de Grandes Esperanzas, de Dickens, y el vínculo del cuento con esta novela es bastante claro. ¿Cómo crees que es la relación entre la literatura sin género definido y la ciencia ficción? De Asimov a Banks, abundan las referencias clásicas en la ciencia ficción, pero el feedback no parece ser bidireccional: ¿te parece que la CF tiene algo que probarle a la literatura tradicional?

Las herramientas extrapolativas y de crítica social desarrolladas por la ciencia ficción hoy son perfectamente apreciables en la obra de escritores como Atwood, Ishiguro, McEwan, aunque ellos intenten negarlo.

Pero es asunto de esos escritores. No creo que deba ser una aspiración de la ciencia ficción inundar con sus símbolos y arquetipos la literatura general. La ciencia ficción, como ningún otro movimiento literario, ha establecido sus propios mercados, su propia academia, su propia crítica, sus propios estándares sobre lo que es buena o mala ciencia ficción. Esa es quizás la principal característica que me atrae de la ciencia ficción. Y creo que debemos seguir siendo fieles a esa tradición. Si el mainstream literario quiere tomar algo, bienvenido sea. Nosotros, de todas formas, debemos preocuparnos de tomar lo mejor que el mainstream nos pueda ofrecer.

One in a million” es exactamente la clase de cuento que uno esperaría encontrar en Clarkesworld, en tono, tema y vuelta de tuerca. Cualquiera que haya leído las guías para enviar textos a las grandes revistas del género se habrá topado con la sugerencia de intentar dar con lo que la revista anda buscando. ¿Escribiste el cuento pensando en esta revista o simplemente se dio una coincidencia afortunada?

Por supuesto que no. “Una en un Millón” fue escrita en 2007 (publicada dos años después) y en ese momento Clarkesworld era poco más que un proyecto que veía sus primeras luces. En ese momento no tenía idea que existía. Fue, como dices, una coincidencia afortunada. Sumado al hecho de que Clarkesworld valora las traducciones y ha asumido casi como cruzada personal el dar a conocer autores de otras lenguas al mercado anglosajón. Neil Clarke se merece nuestro reconocimiento por esa misión que él mismo se ha impuesto.

¿Eres lector habitual de Clarkesworld?

Claro que había leído Clarkesworld, aunque su versión online. No se si un lector habitual, creo que no.

¿Alguna otra revista que suelas leer?

Y lo que más suelo leer, en términos de cuentos, son las antologías de lo mejor del año. Revistas a las que de pronto he estado suscrito, las clásicas: Asimov’s y F&SF.

En general, ¿qué lugares comunes de la CF te interesa explorar? ¿Es la IA un tema recurrente?

Me interesan los grandes temas de la ciencia ficción: las guerras espaciales, las civilizaciones post-apocalípticas, los viajes en el tiempo. Las IA, sin que lo pretendiera, han terminado infiltrando mi literatura, y se han enquistado allí. Casi la mitad de lo que he escritor considera a las IA. Nunca me lo propuse, pero bueno, es una de las grandes expectativas de nuestro tiempo y es difícil que un escritor de ciencia ficción pueda mantenerse al margen.

En este sentido, ¿te mantienes informado acerca de la literatura científica, o prefieres dejar volar la imaginación especulativa? En una respuesta anterior hiciste, tal vez, referencia al juego de la imitación de Turing.

Soy profesor de ciencias, así que tengo ese privilegio. No solo me mantengo al día en la literatura científica, sino que no necesito gran esfuerzo para comprender sus alcances. Y de hecho, una de mis estrategias de generación de ideas es elegir al azar tres o cuatro noticias científicas y ver cómo se pueden imbricar en algo coherente. No, no podría escribir algo que no tenga, al menos, racionalidad científica en su exposición de ideas.

Entonces, ¿qué tanto de hard y de soft hay en lo que escribes?

¿Cuanto hard y soft? Depende. Pero hoy nadie puede escribir buena ciencia ficción sin ser competente en ambos polos. Uno debe conocer y aplicar el buen arte de escribir y debe incorporar saber científico consistente. De lo contrario, o escribes mala ciencia ficción, o escribes otra cosa; fantasía por ejemplo. Y no hay nada de malo en esto último, por supuesto. En lo primero, sí.

Una pregunta obligatoria, pero no por ello menos interesante, son las influencias. Dejando de lado a los clásicos —a no ser que haya alguna sorpresa—, ¿qué autores contemporáneos sigues? ¿Quiénes son los actuales maestros del género, entre los que (presumo) te gustaría contarte? ¿Qué marca han dejado en lo que escribes en general y en este cuento en particular?

Dentro del género, sigo con atención al carrera de Nancy Kress, Ted Chiang, Greg Egan.

Nancy Kress es en quien pienso cuando se habla de una artífice, de una buena constructora de historias. Capaz de crear argumento a partir de casi nada, o de las más extrañas consideraciones. Y jamás me he sentido decepcionado con alguna de sus historias. ¿Quieres aprender el oficio de escritor? Para mi, Kress es una escritora que debes leer. Y en todas mis historias, de alguna forma u otra, ella está presente.

Ted Chiang, por supuesto, aunque se que nunca podré escribir algo como lo que él escribe. Ideas llevadas a su máximo potencial. Uno puede ver una piedra, y Chiang lo que ve es el diamante enterrado en su rocoso corazón. Y sabe como sacarlo de ahí, y hacerlo brillar de manera esplendorosa. No, ni siquiera me atrevería a intentar escribir como él.

Greg Egan, y su visión. Sus mundos, sus contingencias. Es un autor que ha sabido rescatar el sentido de lo maravilloso y darle nuevo lustre. Cada vez que me encuentro con una historia de Egan se que me embarcaré en un viaje apasionante, lleno de colores y texturas, y de ideas abrumadores en sus consecuencias posibles.

Sobre influencias particulares. En “One in a Million” la influencia de Charles Dickens, como dijiste, es obvia. Quizás pueda mencionar a Joan D. Vinge y a Arthur C. Clarke como otras posibles inspiraciones.

Respecto de El Último Horizonte de la Noche, pues creo que te sorprenderá saber que estuve leyendo Los Pilares de la Tierra y la saga de La Caída de los Gigantes antes de empezar a escribirla. Ambos trabajos, de Ken Follet. Y también, debo reconocer que mi mayor influencia sobre cómo escribir una novela épica es Éxodo, de Leon Uris.

Arturo Sierra, 2020.

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