Un llamado a la realidad, por Cristián Donoso Ulloa

La llamada carrera espacial, tristemente enmarcada por la Guerra Fría desde las décadas del 1950s hasta los 1990s, fue la base que permitió trasladar la literatura espacial hasta la nueva y usual postura antropocentrista de la que gozamos hoy en día. Los escritores –y, por tanto, los lectores-, pudieron acceder por fin a un nuevo enfoque en la temática, dejando en el camino la Era Atómica y relegando al pasado los monstruos alienígenas que llenaban las páginas de cada historia fuera de nuestra atmósfera terrestre. Hasta ese momento, el Ser Humano solo podía alcanzar el lejano vacío en bandadas de gansos migrantes o gigantescas balas de cañón presurizadas, sintiéndose siempre como un explorador en el Amazonas armado tan solo de una linterna, un cuchillo y quizás una cebolla para el camino. La llamada Edad de Oro de la ciencia ficción anunciaba el peligro que reinaba tras cada paso, y por cada dos textos con el ser humano tomando la iniciativa, un millar de hojas relataba como la Tierra era atacada sin cesar por monstruosidades inhumanas, viscosas bestias tentaculares y deformes esbirros marcianos que se toman forma de hombres y mujeres para apoderarse del planeta; el súmmum de los miedos arcaicos, viniendo desde el desconocido, vasto e inaccesible infinito.

A inicios de los 1960s y fuera de nuestra atmósfera, la Unión Soviética lideraba todos los ámbitos de la carrera, por lo que un preocupado presidente norteamericano, aplastado por la presión política de una larguísima y estéril lucha -¿existe acaso algún otro tipo de gobernante?-, prometió a la humanidad que el hombre rozaría la superficie de nuestro satélite hermano, a fin de lograr el gol de oro. El escepticismo llenó las mentes de ambos lados de la vereda pero aun así se trabajó en ello; extrañamente dicha promesa política fue cumplida, ¡y qué promesa!

Desde el momento en que los primeros animales de nuestro planeta fueron puestos en órbita –no nos detendremos ahora en un juicio moral respecto a las pobres vidas inocentes sesgadas en dicha empresa-, la opinión mundial siguió expectante los movimientos de ambas potencias hasta que los dos acontecimientos mayores llenaron los ojos de más de tres mil millones de personas: astronautas girando alrededor de la Tierra, seres humanos circunvalando nuestra eterna cuna hasta poner los pies en el desconocido polvo de nuestro satélite más cercano. Nuestra sangre fuera del envase que la ha contenido por miles de años, trasvasada a nuestra más cercana confidente.

Cuatro días nos llevó recorrer la senda que la luz recorre en un segundo, y antes de eso casi diez años de preparación y pasos de bebé, cruzándose a cada momento con disputas políticas y económicas, siempre rojas y azules como quieren hacernos parecer desde Hollywood, cuando la palabra es una sola: humano. Sin importar los motivos del momento, aquella primera estaca fuera de la Tierra brilló como un faro atrayendo nuestros corazones.

La Civilización al completo experimentó miles de cambios debido a aquel gesto, en todos los aspectos de la vida cotidiana. Juguetes nacieron, canciones fueron compuestas, teorías concebidas –y descartadas- todos los días en todas partes del globo. Y la literatura no fue la excepción. La era dorada de la ciencia ficción dio paso a la space opera; personas aguerridas surcando el espacio en veloces naves, trasladando a la humanidad al protagonismo entregado a nuestros miedos durante toda la infancia del género. Aquella influencia directa para la ciencia ficción espacial se mantuvo trabajando durante casi medio siglo, siempre presente tanto en los deseos de niños como de los adultos.

Ahora, hace poco tiempo se cumplieron cincuenta años desde aquel gran momento en la Historia, pero, ¿qué hemos de celebrar realmente? Hace medio siglo se celebró; hoy deberíamos referirnos a ello como una conmemoración y nada más.

Gran parte de nosotros, nuestros padres y abuelos crecimos escuchando y leyendo de los míticos nombres de Apolo, Soyuz y el módulo Eagle; los famosos STS (Transbordadores Espaciales) Columbia, Discovery, Endeavour, Atlantis, Challenger, y otros tantos perdidos en las mareas del tiempo. Conocimos de primera mano el nacimiento de estaciones espaciales –ISS– y su muerte –MIR-, pero, ¿qué vino luego?

Para nuestra generación y las venideras, es posible que estas líneas no signifiquen más que un trozo de historia: importante, increíble, apasionante de alguna forma, pero a fin de cuentas nada más que una mención entre las páginas del tiempo tan alejadas como Newton, Galvarino, Amelia Earhart o el César. No hay un impacto real más allá de la sorpresa ante dichas glorias pasadas.

Y aun así, con la caída de la Unión Soviética y el fin de la carrera espacial, los últimos acontecimientos “memorables” tuvieron lugar hasta mediados de los 1990s. Es increíble que todo el trabajo tecnológico y mediático para posar a la mítica tripulación del Apolo 11, precursora de otras tantas que se pueden contar sin sacarse los zapatos, se haya dejado reposar el poder de aquella tarea durante tanto tiempo. Cinco misiones lunares tripuladas fueron llevadas a cabo con éxito, sin contar las decenas de vehículos no tripulados que se posaron en la superficie, y ahí están, viviendo a través de documentales en blanco y negro cuando deberían inspirar ensayos y proyectos escolares cada año. Lo siento terraplanistas y creyentes del engaño lunar.

Por supuesto, tremendos adelantos fueron llevados a cabo también tras aquella época y siguen naciendo hoy en día, pero nada que llevara la imaginación del público más allá de donde se encontraba. Decisiones políticas, gastos financieros, falta de objetivos específicos y permisos legales se volvieron las nuevas fronteras de la infancia de muchos. Desde el punto de vista nuestro, de los hombres y mujeres que nos permitimos soñar al ver una estela elevándose hasta el infinito, pareció que las epopeyas épicas de nuestros antepasados no serían replicadas jamás más allá de la vasta literatura de ficción científica que llena nuestras estanterías y corazones. No basta con hacer, se debe además fomentar en la juventud las ganas de hacer.

The Falcon has landed… el sueño por las estrellas se reaviva

Un cambio de paradigma se marcó a fuego el año recién pasado. La fecha, el 06 de febrero del 2018.

La exitosa primera prueba del Falcon Heavy, de la compañía privada estadounidense Space X, es sencillamente la bofetada en la cara que la humanidad necesitaba, el golpe definitivo al, por tantos años, odioso emblema que parecía haber estado pintado sobre el logo de la NASA, el más conocido representante en lo que a espacionáutica respecta: “No es factible, no es sensato, no es política ni económicamente viable“.

Desde el programa Saturno que no se utilizaba semejante poder para elevar una carga el espacio, y con todo, además de efectuar un delicioso despegue y el despliegue de su carga -con una muestra de espectáculo que, sin exagerar, humedeció mis ojos todo lo que duró la transmisión-, consiguió recuperar la mayoría de los componentes principales del equipo con un doble aterrizaje fantástico, uno con el que cualquier equipo clavadista olímpico chino soñaría. 9.9/10. Si se hubiesen puesto a la faena habrían contratado a la Escuadrilla de Alta Acrobacia Halcones y esta hubiese aceptado escribiendo con humo SÍ ES POSIBLE. Para los encargados de realizar esta prueba el tiempo es algo valioso, más valioso que el oro con que los gobernantes se rigen, por lo que no se duermen en los laureles: actualmente se trabaja en la actualización del programa e incluso su reemplazo. Es trabajo, sudor, sueños y expectación, por lo que los proyectos para algo mayor están ya siendo mostrados al público.

Para los amantes de la ciencia ficción y la Astronáutica en general, es exquisito el ver cómo las bases del abandonar la atmósfera vuelven a la palestra, por cómo se reaviva el fuego de la carrera espacial esta vez en aras del futuro fuera de la Tierra y la cooperación internacional espacial, sin una guerra de por medio.

Increíblemente el concepto que devolvió a la vida a la dormida rueda del molino es una idea derivada de la siempre tan vilipendiada economía: subcontratación. SpaceX, Blue Origin, Boeing, la misma NASA, y bastantes más pequeñas empresas de lo que creeríamos, todos grandes, viejos y nuevos competidores luchando por regresar a la humanidad a su hermana menor sobre nosotros. ¿Es el fin del principio, el principio del fin en la carrera espacial? ¿Un pequeño paso más para el hombre, después de tanto tiempo de estatismo? Vivimos en un mundo en el que todo está hecho, al menos a grandes rasgos; las mayores revoluciones de esta época son un cambio más bien sociocultural que tecnológico. Sí, existen adelantos e inventos a cada momento, tecnologías de comunicación y entretenimiento; de salud, transporte y alimentos también, pero Asimov, el escritor océano de la ciencia ficción, en su novela corta A la manera marciana, lo simplifica de manera notable al hablar sobre la diferencia de vivir en un mundo de adelantos crecientes a uno en que todo está hecho:

Mi padre me enviaba cartas cuando vine a Marte. Él era contable y siguió siendo contable. Cuando él falleció, la Tierra era igual que el día en que él nació. No vio ocurrir nada. Cada día fue similar al anterior, y vivir se supuso para mi padre tan solo un modo de pasar el tiempo hasta que murió.

En la escuela aprendimos lo necesario, es cierto, pero mientras nos enseñaban a vivir para desenvolvernos como honrados trabajadores bajo el sol, los viejos marinos de la ciencia ficción, capitaneados por Verne, Asimov y Heinlein nos contaban al oído que el mundo no es la Tierra: esta es solo el planeta donde comenzamos a respirar y crecer, con el verdadero mundo a nuestro alrededor en todas direcciones. He visto videos de los Soyuz y Apolos durante la carrera espacial. Comprendí, como parte de la historia, que hace muchos años -a pesar de la motivación combativa- se preparó el hombre para alcanzar el vacío que nos separa del verdadero mundo. Admiro las proezas logradas al poner en órbita aquellos primeros perros, simios, hombres y mujeres en el espacio; el primer aterrizaje y las clásicas palabras que han dado tanto al mundo, pero que han hecho de Neil Armstrong un famoso desconocido equiparable al nivel del Quijote: Es un pequeño paso para el hombre, pero un gran salto para la humanidad.

Hasta dónde alcanza mi caótica memoria de lector, he seguido la evolución del viaje espacial desde los eternos y gigantescos cohetes desechables hasta los transbordadores suborbitales reutilizables, la imagen típica cuando uno piensa en naves espaciales del pasado. Luego, el desastre del Challenger, el dolor de las familias al perder frente a los ojos del mundo entero a sus hijos, hermanos y parejas, fieles creyentes en el porvenir. El horror de la chatarra espacial orbitando la Tierra, como huella de nuestros cortos pasos sobre ésta. El ensamblaje de la MIR, la vida de la MIR, la muerte de la MIR. El intento de la Freedom estadounidense, el fracaso, el oprobio. La vida y proyectos futuros de la Estación Espacial Internacional, donde astronautas de todas partes del globo coexisten durante largos periodos en condiciones de mínimo confort.

Vivimos una era gloriosa para el hombre y su futuro en el espacio ya no restringido solo a reutilizar diagramas antiguos e introduciendo modificaciones. Vehículos no tripulados en Marte y la Luna; sondas posadas en Venus y otros gigantes, ¡dos naves enviadas fuera del Sistema Solar con mensajes físicos y sonoros sobre la humanidad a bordo! Pero faltaba esa nota de amor, el sello que lleva a desear estar ahí, apoyando en la tarea de la manera que sea. Los lanzamientos espaciales han vuelto a las pantallas. Livestreams de cada evento son transmitidos en cada vez mayor cantidad, con cuentas regresivas, y seguimiento de la misión. Incluso presentadores especializados dan explicaciones en tiempo real de lo que sucede, además de interactuar por redes sociales. El arcaico secretismo de la Guerra Fría se permutó en transmisiones abiertas de cada fallo y progreso de los cohetes, además de los adelantos.

El Falcon Heavy fue un espectáculo tremendo, una inmensa puesta en escena mejor que cualquier edición contemporánea del decadente Festival de Viña del Mar. Es regla general el que durante el primer lanzamiento de prueba de un cohete se envíe al espacio una carga cercana al estimado total que puede cargar el vehículo, para lo que normalmente se utiliza un bloque de hormigón de varias toneladas. ¿La carga desplegada por el Falcon Heavy? Un automóvil real, eléctrico y descapotable –de la empresa Tesla, compañía hermana de Space X– con un maniquí enfundado en un traje espacial en actitud relajada. Sobre el tablero, una pequeña figura de un mini Tesla con el astronauta. ¿Alguno recuerda aquella vieja cinta de 1981, Heavy Metal? En la guantera, tres copias digitalizadas en un disco de cuarzo conteniendo la trilogía original de La Fundación, de Isaac Asimov. Se espera que la información contenida en dicho disco se preserve intacta durante catorce mil años. Dónde debería ir la radio, un gran cartel con las palabras DON’T PANIC! (¡No se asuste!), referencia directa a la novela La guía del autoestopista galáctico (1979), de Douglas Adams. Y todo ello lanzado hacia la órbita del planeta rojo. Hablemos de publicidad, por favor.

Durante la presentación del modelo de pruebas Starship, la noche del 29 de septiembre recién pasado, Elon Musk habló al respecto llamándolo “una broma para que la civilización extraterrestre que la encuentre se confunda por el críptico mensaje”. Claramente era un chiste, aunque el hecho de que la carga misma fuese parte del espectáculo nos pone a soñar sobre las posibilidades, y más importante, la juventud se interesa. No profundizaremos al respecto en este artículo –tarea pendiente-, pero las empresas Blue Origin, Space X y la misma NASA buscan crear la primera cápsula lanzada desde Estados Unidos hacia la ISS en muchos años, además del primer cohete tripulado; en el presente, todos los viajes son lanzados desde Rusia, en las vetustas Soyuz de Roscosmos, un modelo modernizado de las viejas naves espaciales de los 1960s. Hablemos de cosas bien construidas.

Hoy en día se apunta a la LunaMarte y a los viajes de bajo costo por el espacio; a la reutilización y eficiencia en los motores. Según Musk, si pudiesen enviarse durante un año continuado todas las naves espaciales existentes a su capacidad total de carga, con un ciento por ciento de eficiencia, en la actualidad sería posible mandar a la órbita de la Tierra aproximadamente 300 toneladas de astronautas y equipos de diferente índole. Sin embargo, de completarse los planes de construir una flota de 10 naves, solamente el proyecto Starship sería capaz de enviar 1.500.000 toneladas en iguales condiciones y tiempo. No hay palabras para describirlo, nos queda esperar los próximos diez años.

Ya no debemos envidiarle a quiénes vieron en vivo al Eagle posarse en la áspera superficie de la Luna; ambas generaciones compartimos el placer de un metálico emplumado destruir el miedo a no ver realizadas las aspiraciones de la Raza Humana. Ahora sueño con el momento en que se nos acaben los nombres griegos y nos veamos obligados a utilizar los de la mitología mapuche, incaselknam, de animales fantásticos y quimeras, pues el espacio se llenará de humanidad y faltarán denominativos para semejante convoy. Hablemos de las tareas pendientes.

¿Quién sabe? Tal vez en unos cientos de años, algún joven tema porque el Sistema Solar al completo se haya vuelto pequeño para nosotros.

Cristián Donoso Ulloa, 2020.


Cristián Donoso Ulloa es paramédico de profesión, escritor de corazón, lo que le acarrea a veces innecesarias explicaciones. Su infancia fue la de ratón de biblioteca; su juventud, la de un ferviente devorador de libros. Cuando tuvo el valor de enfrentarse al blanco de una página vacía tenía una carrera universitaria congelada a sus espaldas y empezaba su educación técnica. Mantiene inédita su novela Phnom Penh 97 y un compilado de cuentos, los que saldrán a luz dentro de este año 2019. Su búsqueda, más que llegar a ser un escritor de renombre, es el poder ayudar a mantener con vida la ciencia ficción nacional, fomentar su lectura con mirada crítica y no solo estética.

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