Tenso calvario entre lo social y lo salvaje

Crítica: El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, de Robert Louis Stevenson
Mondadori. 2000. 1ra edición (Original de 1886). 132 páginas.

En un principio la novela nos introduce en la visión del abogado Utterson y, bajo el común de varios textos del 1800, creí que sería una lectura en tercera persona que pasaría a primera desde la mirada de este personaje. En su lugar, se mantiene la tercera persona, que plantea dudas de ciertas actuaciones, dejando a entrever que el narrador tiene una voz de conciencia, pero alejado de la omnisciencia atemporal, enmarcado en el avance de la trama, aspecto que hoy sería muy criticado por los revisores de textos, por la «indefinición visual».

El abogado Utterson relata a un conocido los eventos de la vida del doctor Henry Jekyll, que preso del sentimiento del fin, ha considerado relegar su fortuna al misterioso señor Hyde. Solo con esta premisa nos envolvemos en una historia que parece arquetípica, como si la hubiéramos leído al nacer y supiéramos de qué va. Pero la sorpresa y los giros no van por ese camino, sino por el entendimiento humano de la dualidad de nuestra personalidad.

Es muy ambiguo otorgar un sentido directo a la bipolaridad porque esta es más profunda de lo que nos pintan en la ficción. Si bien los estudios de trastorno de personalidades múltiples tuvieron su auge desde fines del 1800, a mi parecer Stevenson trata de mostrarnos que no importa cuánta carga cultural tengamos, siempre puede aflorar un ser humano salvaje que reniega del ser humano social y que, atormentado por la competencia reprimida, desahoga sus penurias existenciales en aquellos desvalidos seres que completan la sociedad, los cuales pululan en lo servicial, en el mandato o el compañerismo.

Nuestro personaje, el abogado Utterson, va encontrando la certeza de cada sospecha que se le cruza por el camino, donde la tensión escapa de un clímax clásico, porque nos muestra un asesinato brutal por parte de un personaje que en las primeras líneas ya sabremos de su naturaleza salvaje y que, por los albores de la ciudad sobrepoblada, expone las noches temibles, llenas de rareza, pobreza, lujuria, desencanto y sobras humanas. El doctor Jekyll sabe de su rol como científico, hombre acomodado y privilegiado que, al descubrir una fórmula para escapar de la prisión sociocultural, libera el desenfreno del hombre salvaje, pudiendo ser perdonado porque no es «él» sino «eso» lo que causa incomodidad.

La luz y la sombra, lo «bueno» y lo «malo», lo moral y lo amoral; toda relación a una dicotomía del sentimiento interior queda expresado con buen criterio por Stevenson. Me gusta hacer la comparación con su contemporáneo Wilde en El retrato de Dorian Gray (publicada unos 5 años después) y la bifurcación de los géneros. Dorian Gray lo hace desde la perspectiva fantástica, surreal y grotesca, mientras que Jekyll y Hyde se puede tomar desde la ciencia ficción, con una fórmula química, si bien mágica en la coherencia interna, que debe ser puesta en escena por las habilidades del propio doctor Jekyll, que discute con otros colegas, y en donde las disciplinas no científicas necesitan abordar el problema desde sus propias perspectivas.

Richard Mansfield en el rol de Jekyll y Hyde para la adaptación escénica de 1887. Fotografía de Henry Van der Weyde

El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde es un relato dinámico. La obviedad del argumento nos toma de la mano para decirnos que justamente esta obra fue padre de muchas otras que tocan temas similares, llámense El club de la pelea, El fantasma de la ópera, El señor de los anillos (en Gollum), Cisne negro, Number 23, Un mago de Terramar (con Ged), entre otras. Y es increíble que las temáticas sobre mostrarnos en nuestro núcleo humano sin carga cultural, pareciera tema recurrente y antiguo, como Mary Shelley con su monstruo en la encarnación del sentimiento de rareza social o como Theodore Sturgeon con sus mutantes en Más que humano, donde las expresiones del aprendizaje son representaciones diversas (y miremos Donde viven los monstruos de Maurice Sendak).

Lo positivo fue ver el intento de incorporar elementos científicos en conversaciones profesionales; el carácter «Sherlockiano» de Utterson, la valentía de una trama fuera de los cánones imperantes del romanticismo tardío y la capacidad (atrevimiento del autor) de regalarnos una historia corta porque no se necesita mayor relleno.

Lo negativo está en el nulo protagonismo femenino (entendiendo el contexto histórico, pero Wilde le da un peso), salvo una empleada; la dificultad de diferenciar personajes a través de los diálogos y eché de menos mayor angustia por parte de Utterson a la hora de lanzar teorías respecto a Jekyll. También quedaron ciertos baches argumentales de las causas de los homicidios, con tal de ver mayor peso en la dicotomía salvaje/social más que en la locura empedernida por la transformación física y sicológica.

Respecto a la edición, es agradable e ideal para historias cortas, con letra gigante, que ya extrañaba por las malditas ediciones de bolsillo, fomentadoras de ceguera.

Le doy 7 frascos de 10.

Daniel Maturana

Publicado por ALCIFF

Asociación de Literatura de Ciencia Ficción y Fantástica Chilena. Fundada el año 2017.

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