EL CIBORG QUE SIEMPRE FUIMOS Y LOS MILLONES DE ELLOS QUE LLEVAMOS DENTRO

Lucio Cañete Arratia

Cuando pensamos en un ciborg imaginamos un cuerpo humano con mejoras electrónicas, brazos robóticos o microchips incrustados en el cráneo. Hollywood ha hecho bien su trabajo. Desde Robocop hasta Ghost in the Shell, nos han mostrado un humano aumentado por la tecnología, la máquina que sinérgicamente se integra a lo viviente. Pero la ciencia nos cuenta otra historia; mucho más antigua, íntima y asombrosa: todos somos, en cierto sentido, ciborgs desde antes de nacer. Y no solo eso. Estamos repletos de millones de seres mecanizados, cada uno con un motor que supera a la ingeniería más avanzada de nuestras ficciones.

Sí, un motor hecho y derecho; como el del ventilador doméstico o el de la licuadora de la cocina. No es metáfora, es la revelación confirmada por la ciencia gracias a la observación por medio del microscopio electrónico del flagelo bacteriano, ese apéndice filamentoso que en virtud de su motor permite a las bacterias desplazarse. 

Dicho motor, como todo propulsor de rotación que se aprecie de tal, tiene un estátor —la parte fija que canaliza la energía hacia las partes móviles— compuesto por proteínas que se anclan a la membrana celular. Este componente impulsa un rotor que gira alrededor de un eje central. Dicho eje transmite el movimiento a un codo flexible que se conecta con un filamento helicoidal —el látigo que impulsa a la bacteria—. Toda esta sofisticación armónicamente ensamblada ocurre en una estructura de apenas 45 nanómetros de diámetro, unas 1.000 veces más delgada que un cabello humano.

Tal flagelo puede alcanzar velocidades de hasta 100.000 revoluciones por minuto. Para comparar: la broca de un taladro de ferretería difícilmente gira a más de 3.500 rpm. Y lo más asombroso es que este motor puede cambiar el sentido de rotación en milisegundos, lo que le permite a la bacteria alterar su trayectoria con gran agilidad, como si tuviera dirección asistida. Ni el más rápido giro de nave intergaláctica se acerca a las acrobacias de estas bacterias dotadas de motor.

¿Y cómo obtiene la energía para tan sorprendente cinemática? En lugar de gasolina, se alimenta de protones. Una batería viviente: sin combustión, sin humo, sin ruido. ¿Acaso no es esto el tipo de invención que soñaría un ingeniero de la Volkswagen o un guionista de la saga de Star Trek? Pero no fue una manufactura salida desde un laboratorio de prototipado ni una idea desde un taller literario, sino esculpida por millones de años de evolución.

Y lo más interesante es que es parte de nosotros. Porque el espermatozoide que aportó la mitad de lo que somos, también se movió gracias a una máquina molecular homóloga. Y porque llevamos millones de bacterias flageladas en ese ecosistema interior que coloquialmente llamamos «flora bacteriana». En cierto modo, somos la nave nodriza de una numerosa flota de nano-máquinas.

Este es el punto donde la ciencia ficción deja de ser solo un género literario y se convierte en una manera legítima —y necesaria— de escudriñar mundos más inmediatos. Las novelas de fantasías nos han alertado respecto a la fusión entre lo humano y lo artificial. Pero quizás el verdadero golpe argumental es este: ya estamos fundidos. Ya somos la simbiosis entre un primate bípedo y diminutos individuos autopropulsados mecánicamente. Y todo esto no ocurre en un futuro lejano, sino en el aquí y en el ahora de nuestro sistema digestivo y de nuestros pensamientos modulados por bacterias motorizadas que tienen la capacidad de conectarse a nuestro sistema nervioso.

¿No es esta la gran paradoja de la ciencia ficción? Que muchas veces cuando se imagina el porvenir se está describiendo las realidades del pasado más distante y del presente más invisible. Gracias al conocimiento sobre la estructura y funcionamiento del flagelo bacteriano, fabular sobre implantes artificiales nos obligará a mirar con reverencia los micro-ingenios que habitan en nuestro interior.

Llamarnos ciborgs no es una exageración poética, sino una afirmación científica con resonancias filosóficas. Una invitación a repensar la frontera entre naturaleza y artefacto, entre evolución y diseño. Somos descendientes de células que hace más de tres mil millones de años aprendieron a ensamblar máquinas para nadar: una revolución industrial en miniatura.  Y esa herencia que vive en nuestras entrañas, sigue girando y empujándonos —como en cualquier episodio de ciencia ficción— hacia lo desconocido.

Fuente imágenes: 1.- Wikimedia; 2.- sedin.org; 3.- istockphoto

Equipo Cronn

Publicado por ALCIFF

Asociación de Literatura de Ciencia Ficción y Fantástica Chilena (ALCIFF), una organización comunitaria sin ánimo de lucro dedicada a la promoción y desarrollo de la ciencia ficción en particular y la literatura fantástica chilena en general. ALCIFF se desarrolla mediante los proyectos de sus integrantes nacionales e internacionales.

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